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David Jiménez Torres

Huidas

¿Qué hacer, pues, como individuo de ideas liberales, ante esta derecha? Bienvenida sería una catarsis; una profunda crisis con brillante iluminación ideológica como luz al final del túnel.

David Jiménez Torres
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Dice Rajoy querer ahorrar vergüenza a los votantes de derechas: difícil no sentirla estos días, ante esta derecha que hace año y medio se encomendó a la maquinaria interna en vez de a la presión externa, y que ahora, en el mismo escenario, parece empeñada en confirmar sus peores estereotipos y perpetuar su imagen más cutre. Eso por no hablar del hara-kiri electoral que se está haciendo, aunque no precisamente por honor sino más bien por lo contrario. Porque la democracia no se juega en el terreno de los periódicos y los telediarios, sino en el que éstos alimentan, que es el de la mitología popular. Y tras los trajes, los coches, las tías impresionantes, las fiestas de puta madre y las chapuzas marca Génova, los del PP no parecen aspirar a mayor puesto en ese Olimpo mortal que el de Dionisillos playeros: inmortales, a veces simpáticos, pero incapaces de relevar a Z(P)eus.

Difícil no sentir vergüenza aquí ni, ya puestos, en el resto de Europa: las fiestas con chicas de Correa y Cia. podrían ser las de ese Berlusconi esperpéntico, cuya cutrez podríamos tomar como pecadillos de abuelete canalla si no fuera por cosas mucho más graves, como el desprecio por la separación entre lo público y lo privado, o los pagos en metálico a los talibán. La apuesta por el buenismo político de Rajoy y la cínica retirada de los debates más importantes y controvertidos podrían ser igualmente la de ese Cameron que, antes que servirse de las ideas y de propuestas concretas para solucionar los graves problemas del Reino Unido, prefiere encomendarse a la vacuidad de la imagen y a la Vírgen del Turno Decimonónico. Con una pequeña diferencia: Berlusconi está en el poder y Cameron lo estará muy pronto: Rajoy, ni lo uno ni lo otro.

¿Qué hacer, pues, como individuo de ideas liberales, ante esta derecha? Bienvenida sería una catarsis; una profunda crisis con brillante iluminación ideológica como luz al final del túnel. Encontrar otro credo que afirmar, poner nuestra energía intelectual en una nueva causa. Casi sería fácil. Pero los hechos de la izquierda siguen ahí: los nacionalismos, la memoria histórica, el paro, el puño en alto y el pañuelo rojo de las ministras; Moratinos en Cuba despreciando a los disidentes. Ante eso, poca catarsis puede haber.

¿Y saliendo de la política? ¿Y si dejáramos descansar al homo politicus durante un rato, si nos quitáramos de encima la bóveda moral e ideológica con la facilidad con que sale uno de una catedral? ¿Y si dedicáramos un par de días a hablar con los amigos, a leer clásicos de la literatura mundial, a aprender a cocinar un par de platos nuevos, a ir a las nuevas salas del Prado, a observar la casa Batlló desde el otro lado del Paseo? ¿Y si reducimos nuestras inquietudes a un nivel mucho más simple: hacer preguntas sólo sobre las personas a las que conocemos, sobre las cosas que hemos hecho, sobre lo que nos agrada o repele? ¿Y si aprendemos, por fin, simplemente a vivir?

Pues tampoco. Pasamos la página del periódico y vemos a Laporta, pletórico, llamando a quien no esté de acuerdo con su idea totalitaria de Cataluña "intransigente", contra el que hay que "rebelarse" (siempre es inquietante cuando un dirigente y egregio integrante del sistema llama a la rebelión). Vemos a su lado a Puigcercós diciendo que Cataluña es una colonia de España. Y constatamos, en fin, que resulta tan difícil la huida como la permanencia.

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