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David Jiménez Torres

Iris o Robinson

Aquellas expectativas en realidad no respondían a impulsos que de verdad provinieran de nosotros. Respondían más bien a cosas que creíamos que debíamos hacer. A la proyección de nuestras propias existencias hacia los iconos y personajes del cine.

David Jiménez Torres
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Recuerdo una noche, pocos días antes de que terminásemos oficialmente la licenciatura. Alguien preguntó, en medio de un grupo de amigos, qué cosa de las que pensábamos que nos iban a suceder en la universidad no nos había sucedido. La mayoría nos recostamos en nuestros asientos y empezamos el proceso involutivo de recordar nuestras expectativas a los 18 (sólo cuatro años antes, pero qué lejanos parecían). Por fin, alguien dijo: "Pues yo estaba seguro de que tendría un lío con una mujer mayor. Y casada. Bueno, lo de casada no era necesario". "¿Una Mrs. Robinson?", preguntó uno. "Bueno, sí, o también como la de L’auberge espagnole, que está más buena". "¿Más buena que Anne Bancroft?", preguntó un purista. "Pues yo siempre pensé que tendría algún lío con un profesor" terció una chica, antes de que se desatara la controversia. "¿Como en Las reglas del juego?", preguntó uno. "No, tan mal no, qué te has creído de mí". "¿Como la novela de Coetzee, Desgracia? ¿O El animal moribundo?" preguntó el más literato. "No las he leído". "¿Como Starting out in the evening?". "No, a ver, yo pensaba como en Indiana Jones, cuando hacen lo de los párpados... o en Friends, cuando Ross sale con una estudiante... nada siniestro, sabes, sólo un liillo".

Seguimos hablando y resultó que no es que al chico que había querido tener un lío con una mujer mayor le gustaran maduritas, ni que a la chica que había pensado que tendría un affair con un profesor le atrajeran las chaquetas de pana con coderas. Aquellas expectativas en realidad no respondían a impulsos que de verdad provinieran de nosotros. Respondían más bien a cosas que creíamos que debíamos hacer. A la proyección de nuestras propias existencias hacia los iconos y personajes del cine, de las novelas de éxito, de la cultura pop. Especímenes del homo postmodernus, modelábamos nuestros deseos en función de tramas embellecidas por bandas sonoras, por ojos de director, por frases elegantes de equipo de guionistas. Todos habíamos querido vivir la "experiencia típica" que veíamos y leíamos: queríamos ser mitos, en vez de personas. Queríamos ser Benjamin Braddock para que al andar por la calle sonaran los acordes de Simon & Garfunkel; queríamos ser la chica de Friends para que Bruce Willis hiciera de nuestro padre, y echarnos unas risas con él en el back-stage.

Años después nos encontramos con una verdadera Mrs. Robinson, y la historia no tiene ni bandas sonoras ni diálogos pulidos ni más ojos que los de los paparazzi. Todo es bastante silencioso y bastante terrible: una mujer que se acuesta con el hijo de un antiguo amante (cuarenta años menor que ella), un aprovechamiento tan cruel como lógico por parte del chico, una obsesión que la lleva a ella a intentar suicidarse, una malversación de fondos públicos, centenares de periodistas acosadores, unas vidas convertidas en el hazmerreír del mundo entero, un Gobierno que se tambalea en una zona que por fin lograba algo de estabilidad tras años de muerte y odio. Como guindas, un pellizco de homofobia y amplios trazos del cielo frío y húmedo de Belfast.

Desconozco si, durante su lío, el tal Kirk se imaginó a sí mismo como Benjamin Braddock, o si Iris Robinson se imaginó a sí misma como Mrs. Robinson. Pero lo cierto es que el escándalo rompe el mito. Mrs. Robinson no es sino una mujer llamada, por ejemplo, Iris; una mujer que vive una historia sin humor ni belleza alguna. Benjamin es sólo un chaval llamado, por ejemplo, Kirk, que le saca 25.000 libras a su amante y cuya mayor ocurrencia es decirle que tiene un cáncer testicular y por eso no puede seguir acostándose con ella. Pero podemos estar tranquilos. En cinco o seis años saldrá la película, con Laura Linney o quizás Meryl Streep en el papel de protagonista, y Daniel Radcliffe como amante (no tan niño desde sus desnudos en Equus). Con banda sonora de Damien Rice y dirigida por Ken Loach. ¿El título?: Mrs. Robinson. La preferiremos a la original.

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