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España

Irse

Irse. Es un recurso tan manido de la indignación: "lo de España es para largarse"; "si esto sigue así, te juro que me voy". Es como hacerse un tatuaje: eso que todos dicen estar pensando hacer y que casi ninguno acaba realizando; eso que se limitan a felicitar. "Qué suerte tienes de irte, qué suerte de no tener que estar aquí".

Irse siempre supone una pérdida. En las cosas grandes que deben remitir, como las amistades o las relaciones familiares, que deben encomendarse a una tecnología que siempre está mejorando y siempre resulta insatisfactoria; pero también, y sobre todo, en las cosas pequeñas, en los automatismos, en las cosas que no vemos, en el ruido que no escuchamos. El color de los autobuses, las revistas que nos encontramos en las salas de espera, las rutas que hacemos por la calle sin pensar, las voces de la radio que destrozan el título de la próxima canción (y ahora, "Dényerus róman", de Léidi Gaga). Es perder el menú del día de las cafeterías, los Fortuna y las cañas, los anuncios del Corte Inglés por la calle, los fugaces rostros mientras zapeamos.

Irse supone también una pérdida en el lenguaje. A medida que el idioma del nuevo país se va afianzando en nosotros, a medida que vamos riendo y soñando en él, el antiguo, el español, empieza a retroceder. Su riqueza va marchitándose. Nunca dejamos de entenderlo, pero sí dejamos de expresarnos con la misma precisión y soltura. Las frases van cobrando rigidez, las palabras se adormecen: adjetivos y sustantivos que nos permitían apoderarnos de nuestras visiones, atrapar cada uno de sus detalles y matices, van cubriéndose de un blanco manto de olvido. Palabras que han sido nuestras, que han formado parte de nosotros, se van borrando de nuestros labios, llevándose consigo estados de ánimo, vínculos, recuerdos, humor, comprensión. Las traducciones al nuevo idioma no son más que apaños, paletadas de yeso en una grieta cada vez mayor. Una parte de nuestro ser se vuelve muda y nos dice adiós con la mano.

Irse es también la incertidumbre que le invade a uno camino del aeropuerto, mientras ve pasar los edificios y las vallas publicitarias. Es preguntarse: "¿cómo estará España cuando vuelva?". Y es que, si bien nunca parece haber un buen momento para irse de España, el actual se antoja particularmente crítico. La crisis económica, la crisis institucional, la dinámica en que ha caído el modelo autonómico, la demolición del mito de la Transición, el cuestionamiento de todo por parte de todos... tantas cuestiones abiertas cuyas resoluciones decidirán a corto y largo plazo nuestro futuro como Estado y como nación. Y el que se va desconecta de todo esto, sustituye el "¿qué haremos?" por el "¿qué harán?", renuncia a caminar junto a su país y a su gente; sólo puede adoptar la atomización y la estéril melancolía del astronauta.

Irse es resignarse a querer ese país que se va borrando al otro lado de la ventana del avión. Es amar ese país difícil y frustrante y plagado de incertidumbres en el que, sin embargo, seguimos creyendo. En el que vale la pena creer.

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