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David Jiménez Torres

La amnesia del 11-M

Cada vez está más claro que nuestra historia más reciente, como poquísimo desde 1996 a 2010, tiene su punto de inflexión en el tenebroso pivote del 11-M.

David Jiménez Torres
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Uno recuerda lo mucho que los periodistas de izquierdas, historiadores, intelectuales, tertulianos y repetidores a nivel de café-bar del último tópico pseudointelectual han manoseado el presunto "despertar de la amnesia" de la Guerra Civil y el franquismo, a fin de justificar de una década para acá un hiperrevisionismo revanchista. Lo paupérrimo del argumento de esa supuesta "amnesia" en su aplicación a la Guerra Civil resulta evidente, como bien argumentaba, por ejemplo, Pedro Carlos González Cuevas en la introducción a su biografía de Ramiro de Maeztu (Marcial Pons). Difícil hablar de "amnesia" cuando parece que cada día durante los últimos treinta años (y contando) se ha publicado un artículo, ensayo, libro o película contra el franquismo, y cuando la condena del levantamiento, de la guerra y del posterior régimen parecen firmemente establecidos en los currículos de escuelas y universidades.

Sin embargo, y a la luz de las revelaciones de El Mundo sobre la reacción de los peritos ante las posibles "complicaciones" en la versión oficial de lo ocurrido en la masacre de marzo, y sobre la cada vez más dudosa actuación de los jueces que llevaron la investigación del atentado, cabe preguntarse si el proceso "amnésico" tan erróneamente aplicado a la Guerra Civil y al franquismo es transportable, en menor medida y con varias matizaciones, a uno que nos pilla mucho más cerca e incide de forma mucho mayor sobre nuestra vida nacional: el 11-M.

Es verdad que desde aquel día hace casi seis años han salido varios libros al respecto, y que ha habido muchos periodistas, medios de comunicación y grupos organizados a través de internet que han trabajado de forma incansable para intentar establecer lo que verdaderamente ocurrió ese 11 de marzo. Se ha construido una pequeña zona en el Retiro de Madrid en recuerdo a los fallecidos, se ha erigido un monumento bastante horrible delante de la estación de Atocha; por haber, hasta ha habido una canción de La Oreja de Van Gogh. Nadie ignora que el 11-M ocurrió y que fue una atrocidad. Pero falta que calen en la ciudadanía dos asuntos cruciales: el primero, que cada vez está más claro que nuestra historia más reciente, como poquísimo desde 1996 a 2010, tiene su punto de inflexión en el tenebroso pivote del 11-M. Un pivote que cada vez se antoja más profundo, más crucial, más determinante en sus hondas ramificaciones. Y el segundo, que tenemos la tarea pendiente de esclarecer de forma satisfactoria la anatomía de ese pivote, o séase, qué demonios sucedió ese día, qué fue el 11-M.

Resulta irónico porque con la presunta "amnesia" de la Guerra Civil y el franquismo estos dos asuntos se cumplían. Todo el mundo reconocía la importancia de la contienda, todos sabían que la guerra española había marcado, como poco, medio siglo XX español; nadie dudaba (cómo hacerlo) de su decisiva importancia. Y tampoco existía ninguna duda sobre lo sucedido: hace tiempo que conocemos a grandes rasgos la anatomía del alzamiento, de la contienda, de la represión, de todo lo que había venido antes y todo lo que se produjo después. La información la tenemos, completísima, desde hace ya tiempo; lo único que ha cambiado ha sido la apreciación de los hechos.

La información básica del 11-M, sin embargo, nos sigue faltando; frente a la voracidad de la ciudadanía por información sobre la Guerra Civil y el franquismo (ahí están las listas de ventas de El Corte Inglés y la Casa del Libro), la búsqueda de la verdad del 11-M se topa, para qué negarlo, con una gran indiferencia. Dicen algunos, muchos, que es porque los ciudadanos tienen muy claro lo que sucedió. Pero es muy sospechoso ese empeño en no saber, en negar con la cabeza cuando se ven titulares discordantes con la cómoda memoria establecida; esa propensión automática a caricaturizar al que se desmarca de lo aceptado. Casi parece una forma de compensar, de superar un trauma pasado o evitar uno futuro. De huir con un gesto brusco del rostro borroso que entrevemos a nuestro lado. Un proceso típicamente amnésico.

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