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David Jiménez Torres

La hidra multipolar

Esto es lo que promete, por ahora, el futuro multipolar: el regreso del peor y más banal egoísmo en política internacional. Al menos, durante el "momento unipolar", el país que mandaba era una nación apegada a valores e ideas fundamentalmente justos.

David Jiménez Torres
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Dicen que la década que viene será multipolar. Estábamos hechos a la idea de que, tras veinte años de soledad estadounidense en Belén, China entraría en un par de años a ayudarle a alumbrar el Niño del verdadero siglo XXI (la década que toca a su fin no habría sido más que un preludio, como los catorce primeros años del s. XX). Pero ahora los pastorcillos de gráfico y think tank anuncian que existe una gran posibilidad de que Brasil, Rusia y la India también se hagan con un hueco en ese Nacimiento convertido en situation room. Sabíamos que el "momento unipolar", como lo llaman algunos, de Estados Unidos estaba tocando a su fin, pero ahora resulta que no será reemplazado por un "recorrido bipolar" sino por un "trecho multipolar": el de los gigantes emergentes, los BRIC (Brasil, Rusia, India y China). Europa estará... en sus cosas.

Los pastorcillos anuncian la nueva con gozo; presentan este hipotético futuro como la resolución de todos los problemas que han limitado el "momento unipolar". El multipolarismo resolverá el problema de legitimidad que ha perseguido a Estados Unidos durante los últimos veinte años. Es la única solución posible: en un paradigma intelectual en que no existe lo absoluto, la única legitimidad es aquella que nace del consenso. Un consenso al que nunca puede aspirar un país que hasta cuando actúa con otros, actúa solo: la soledad de su estatura expone un flanco débil ante el que hacen sangre sus enemigos, y ante el que pueden escabullirse los amigos cínicos. Podría decirse que el multiculturalismo ha ido logrando la fuerza que tiene precisamente por ese flanco débil que ha expuesto el "momento unipolar". Y ante este problema de legitimidad, el multipolarismo se presenta como solución; en realidad, como concreción política y estratégica de lo que ya impera en la cultura: la necesidad de consenso para asegurarnos de que una decisión es la correcta. Ahí está el Nobel de la Paz para Obama, por su "apuesta" por las relaciones multilaterales.

Pero por mucho que insistan los pastorcillos, ese Niño futuro no parece revestido del brillo interior que otorga la certeza, sino que parece más bien una hidra irresoluta de cabezas condenadas a no entendenderse. Lo hemos visto a lo largo de este año que toca a su fin con dos situaciones: la de Irán y la de Copenhague.

Copenhague no necesita explicación: la ideología de la búsqueda de consenso e unanimidad en materias internacionales ha quedado en evidencia. Y en Irán se ha presentado una oportunidad clarísima para que dos de los BRIC (concretamente, la R y la C) demuestren los beneficios del multipolarismo: un país que está cometiendo infracciones clarísimas de la ley internacional, que amenaza con desestabilizar una zona ya inestable de por sí, y que ante cualquier mano extendida se enroca en su intransigencia; un país dirigido por una teocracia opresiva y totalitaria, ante la cual la imposición de duras sanciones sería no sólo justa sino también facilísima de vender. Pero Rusia y China prefieren jugar a qué les conviene más, limitando cuando no bloqueando en el Consejo de Seguridad de la ONU cualquier esfuerzo de frenar, a través de sanciones, una situación que pronto alcanzará el punto de no retorno. El presidente socialista de Brasil, de paso, recibe a Ahmadineyad para demostrar que él también importa.

Esto es lo que promete, por ahora, el futuro multipolar: el regreso del peor y más banal egoísmo en política internacional. Al menos, durante el "momento unipolar", el país que mandaba era una nación apegada a valores e ideas fundamentalmente justos: los abogados que lucharon por el derecho a juicio de los prisioneros de Guantánamo eran ciudadanos americanos trabajando pro bono. Ante esto, ¿qué nos ofrecen los BRIC? Esperamos un aumento de democracia internacional de países sin fuertes tradiciones democráticas. Que haya más poderes no garantiza nada. No necesitamos menos poder sino más garantías. Y este aumento de poderosos no es un salto cualitativo: parece una involución.

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