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David Jiménez Torres

¿Liberad a Willy?

¿Willy a los 18 habría sido muy distinto de Willy a los 17? Es difícil aceptar que la edad sea de veras la más importante de todas las variables que han actuado sobre su vida. Y entonces, ¿por qué parece serlo en su juicio?

David Jiménez Torres
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El caso del niño-adulto pirata "Abdu Willy" en España se hace tan extravagante como lo sería la visión de su homónimo ficticio (la simpática orca Willy) en una piscina de goma. Y se me perdonará la frivolidad en una situación en la que 36 tripulantes llevan 23 días secuestrados, en la que sus familias no hallan rescate alguno a la vista, y en que está involucrada la terrible realidad social de un país y quizás un continente enteros... pero el caso de Willy dará algún día para una novela o para un relato; cuanto menos, para una canción de Sabina al estilo de Pájaros de Portugal. En todo caso, el producto literario incluiría una mezcla del sentimentalismo cínico del cantautor español y de la negra perplejidad de Kafka ante las paradojas y los sinsentidos de nuestra Europa moderna, sobre todo en su vertiente más característica y más problemática: la Ley.

La entrevista de Crónica este fin de semana a los padres del niño-adulto (otra frivolidad: cuánto daría de sí un relato sobre el encuentro entre el niño-adulto Willy y la chica-chico Caster Semenya) incide en muchas de las contradicciones expuestas por el caso de Willy; al menos, en lo referente a las leyes de protección del menor. Porque, en caso de creer la versión de los padres, lo último que parece haber influido en la serie de errores de juicio que han acabado con los alargados huesos de Willy en España, es su edad. Las circunstancias vitales enumeradas por la madre parecerían relegar a un segundo plano, en un terreno si no jurídico sí de sentido común, el problema de si es o no es menor de edad: pobreza radical y permanente, analfabetismo, trabajo obligatorio desde los siete años, sequías, pago obligatorio a las milicias para obtener acceso al agua de los canales, campamentos de refugiados, divorcio de los padres, malos tratos a manos del padre adoptivo, tentaciones de dinero fácil... todo enmarcado en la realidad de un Estado fallido, pobre, en manos de señores de la guerra y mafias piratas, y en el que la reacción natural de cualquier occidental sería la misma del final de Black Hawk Derribado: huir como sea. Interesante el recurso de la madre, que a pesar de defender ardorosamente la minoría de edad de Willy, argumenta que los piratas "se aprovecharon de su pobreza"... no de su edad. Constatación de lo por otra parte evidente: ¿Willy a los 18 habría sido muy distinto de Willy a los 17? Es difícil aceptar que la edad sea de veras la más importante de todas las variables que han actuado sobre su vida. Y entonces, ¿por qué parece serlo en su juicio?

Dicho esto, ¿valdría la pena entrar en un argumento lacrimoso exculpando de cualquier error a Willy el Pirata en base a su (siempre en versión de los padres) desgraciada vida? ¿O sería este un buen momento para defender la responsabilidad de cualquier individuo sobre sus acciones y apoyar la actuación del imperio de la ley, único sobre el que se puede basar la libertad? Difícil saberlo. Sin duda, los hechos de la trayectoria vital de Willy realzan el contraste entre la realidad social para la que se preparó la ley española de protección de menores, y las realidades sobre las que puede tener potestad; y, por extensión, las dificultades que presenta aplicar la ley de un país a ciudadanos de otros. Los 300.000 euros que ha costado traer de África a Willy, mantenerlo, e intentar averigüar su edad (cantidad que el afectado probablemente no ganaría en toda una vida en su país), el grado de bienestar que disfruta en el presidio de aquí, mayor que en la libertad de allá, son sólo un par de las contradicciones que resultan de tal dificultad.

En el caso de Willy, en definitiva, contrastan dos realidades tan extraordinariamente distintas, tan incompatibles a priori, como el interminable mar en que solía nadar su tocayo ficticio y la piscinita de acuario en que acabó, con su nivel de cloro regulado, sus horas de comida, sus cuidadores y limpiadores profesionales, su público expectante. Contraste ante el cual, y frente al súbito ensanchamiento de nuestro horizonte de consideraciones, uno tiende a refugiarse... en la frivolidad.

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