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David Jiménez Torres

Los apologistas de Obama

Sólo cuando los demócratas perdieron la Supermayoría y los republicanos decidieron tomarse la revancha, se echaron las manos a la cabeza diciendo que el país era ingobernable. No es que lo sea; es que ellos no están sabiendo gobernarlo.

David Jiménez Torres
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Se repiten en la prensa internacional dos argumentos para justificar el cariz crecientemente negativo que está adoptando la presidencia de Barack Obama. El primero es que los únicos culpables de su fracaso a la hora de realizar las reformas que prometió al electorado son los republicanos, odiosos carcas y fundamentalistas que, pagados por poderosos lobbies, bloquean todos y cada uno de los proyectos del presidente mediante el obstruccionismo parlamentario; los que esgrimen estas razones llegan a señalar que el problema reside en el sistema político estadounidense y en el reglamento del Congreso, que permite que una minoría haga ingobernable el país. El segundo argumento es que resultaba absolutamente imposible mantener las esperanzas que la gente tenía depositadas en Obama y que no se le debe juzgar a la luz de ellas, ni valorar la decepción de una gran parte de los que lo votaron hace ya año y medio. Dos argumentos que los lectores europeos se tragan gustosos, y que no hacen sino esconder la hipocresía de una prensa que contribuyó de forma decisiva a llevar a Obama a la Casa Blanca.

Frente al argumento del obstruccionismo de los republicanos, los comentaristas pasan por encima las formas de los demócratas durante este primer año de presidencia. Obama se vendió durante su campaña electoral como la encarnación misma del talante, un hombre que podía hablar con todos, desde Irán hasta Sarah Palin. Prometió con su grandilocuente oratoria gobernar con la mano tendida hacia la oposición, poniendo fin al enconado bipartidismo que había dominado la política nacional. Pero una vez en la Casa Blanca, los demócratas (con el presidente a la cabeza) se tomaron su victoria y sus amplias mayorías en el Congreso como un acto divino mediante el cual un Dios progresista y cosmopolita concedía a Estados Unidos la oportunidad de entrar en la Edad del Bienestar de la mano de su carismático Hijo. No se produjo el acercamiento que había prometido Obama porque los demócratas decidieron que no era necesario; los pesos pesados del partido en el Senado y en la Cámara de Representantes empezaron a acometer sus proyectos, y en particular la reforma sanitaria, sin intentar hallar consenso alguno con los republicanos. No fueron éstos los primeros en cerrarse en banda, sino los demócratas. Nadie se quejaba de las particularidades del sistema parlamentario estadounidense cuando la supermayoría demócrata en el Senado permitía a este partido aprobar cómodamente la ley que quisiese; sólo cuando la perdieron y los republicanos decidieron tomarse la revancha, se echaron las manos a la cabeza diciendo que el país era ingobernable. No es que lo sea; es que ellos no están sabiendo gobernarlo.

Más delirante aún resulta el argumento de la invalidez de las expectativas que levantó Obama entre los votantes. Los votantes no se inventaron esas expectativas, no las sacaron de la nada; su cariz irracional no fue producto de un accidente. Fue Obama el que las creó, el que las alentó y les dio alas; fue él quien llevó a cabo una campaña electoral ideada precisamente para que la gente depositase en él unas esperanzas desorbitadas e irreales. Sus eslóganes electorales, como Change o Hope, no tenían otra intención que dar pie a que la gente elaborase una fantasía de su futuro ideal, para luego trasladarla al orador brillante que les dirigía la palabra desde el estrado. Y luego, por si acaso, les prometió el oro y el moro: la reforma sanitaria, la revolución verde, la redistribución de la riqueza, el cierre de Guantánamo, el fin del conflicto en Irak, las buenas relaciones con todos los países del orbe... Obama nunca prometió ser un buen presidente; prometió ser un gran presidente, el próximo rostro granítico de Mount Rushmore. Y aunque sabemos que los políticos mienten y manipulan en su ansia por llegar el poder, y solemos echarle la culpa a la gente que, sabiendo esto, les cree, es delirante pretender que eso excusa sus engaños. Que yo sepa, no sólo reprendemos al embaucado sino que también (sobre todo) castigamos al embaucador. Que se lo digan a Madoff.

Los apologistas de Obama no se enfrentan a las verdaderas preguntas que plantea la creciente decepción con el presidente: ¿no eran previsibles estos fallos? ¿No debería la prensa haber sido más escéptica con respecto a la supuesta habilidad de un senador que no tenía en su haber más que unos cuantos discursos? ¿No fue un acto de tremenda irresponsabilidad fomentar la obamanía tan unánimemente? ¿Y no fue la razón de esto que Obama era más noticia que Hillary Clinton y John McCain, candidatos, por otra parte, muchísimo más experimentados y creíbles? ¿No se vendieron por un titular las legiones de corresponsales y supuestos expertos? Con cada día que pasa, los apologistas de Obama no parecen más que apologistas de sí mismos.

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