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David Jiménez Torres

Los escombros de Westminster

Ante los periodistas y las cámaras Cameron (como Rajoy) puede congratularse todo lo que quiera por su triunfo electoral, pero sabe perfectamente que es una victoria por default.

David Jiménez Torres
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Al principio pensaba que todo era cosa de los exámenes y las tesinas; que si casi no se oía hablar en Cambridge de las tormentas políticas que azotan Westminster desde hace dos semanas era porque todos estábamos metidos en la jaula académica y no prestábamos atención a los remotos eventos del mundo exterior. Pero las tesinas están entregadas y los exámenes terminados, y el Partido Laborista ha sufrido su peor derrota en cien años, y el BNP está en la Eurocámara, y los británicos se han ratificado en su euroescepticismo, y Cameron no ha logrado los resultados que esperaba, y Brown ya ha perdido la cuenta de los ministros que han dimitido pidiéndole de paso que se vaya... y sigue sin oírse hablar demasiado del asunto. Y la impresión que uno tiene es que los británicos están, simple y llanamente, hartos de su clase política.

Por una parte está Brown, símbolo del agotamiento del Nuevo Laborismo. El escocés ha intentado hacerse pasar a lo largo de este año por un Obama inglés, con su intervencionismo frente a la crisis y sus fotos con el nuevo presidente americano; pero todos saben que a quien Brown se parece de verdad es a aquel Richard Nixon consumido de rencor hacia Avalon y Harvard. Brown no podrá sacudirse jamás la sombra de Blair, no tanto por la opinión pública (que renegó de Blair hace ya tiempo) como por sus propios fantasmas e inseguridades. Eso, y porque cuando llegó al poder Blair ya había gastado la fórmula que él había ayudado a idear. El escocés no ha hecho sino prolongar los feos estertores del Nuevo Laborismo, a ritmo de escándalo o rebelión interna por semana. Su atornillamiento al trono contra toda razón ya empieza a rivalizar, en tenacidad, con el de la reina.

Pero si malo es el estado del Nuevo Laborismo, tampoco parece mucho mejor el de los conservadores simpáticos de David Cameron. Las elecciones de este fin de semana pasado lo han confirmado: en vez de beneficiarse del inmenso desprestigio de los Laboristas, los conservadores han visto cómo el voto popular iba a partidos minoritarios e incluso extremistas, cuando no se quedaba en casa. Ante los periodistas y las cámaras Cameron (como Rajoy) puede congratularse todo lo que quiera por su triunfo electoral, pero sabe perfectamente que es una victoria por default. Esto es, por una parte, coyuntural: el escándalo de los gastos de los diputados ha salpicado a Conservadores tanto como a Laboristas, y si bien éstos se han llevado la peor parte del castigo electoral, nadie se olvida de que entre aquéllos están los que pagaron con dinero del contribuyente la construcción de un foso medieval alrededor de su casa, o de una isla para patos en medio de un jardín.

Pero Cameron tiene un problema mucho más grave, y es que ha intentado tanto separarse de Thatcher y acercarse al Nuevo Laborismo a lo largo de estos últimos años que ahora, en el crepúsculo laborista, no puede plantear una alternativa convincente. Cameron no representa ninguna ideología nueva; es el Tony Blair de la próxima década. Por eso ha sido tan fácil identificar a los Tories con el desgaste de los Laboristas, por eso el desprestigio de la clase política causado por los gastos de los diputados se ha extendido tan rápidamente a ellos, por eso el voto del desencanto ha ido a partidos anti-mainstream. Cameron ganará con toda probabilidad las próximas elecciones porque al menos puede venderse como un rostro nuevo, pero a menos que cambien mucho las cosas, será la victoria de la apatía y del desprestigio de la clase política británica.

Esta es la causa de que fuera tan ridícula la escena de hace un par de días frente a Westminster, cuando un grupo llamado Unite Against Fascism, respaldado por los tres grandes partidos (laboristas, conservadores y liberal-demócratas) lanzó huevos al nuevo eurodiputado del BNP (el partido xenófobo británico, que no permite afiliarse a nadie que no sea blanco y aboga por la deportación masiva de immigrantes) cuando intentaba dar una rueda de prensa. Parece que a esto se ha reducido el país de mayor tradición democrática del mundo: a un millón de personas que votan a un partido racista, y a una clase política que antes que hacer examen de conciencia y valorar por qué ha sido incapaz de conectar con la gente, sólo sabe reaccionar formando escuadrones acosadores.

Para esto, nos quedamos en Cambridge.

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