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David Jiménez Torres

Monstruos y hombres

El Distinguido lee sin levantar la vista del taco de folios que tiene delante; su habla está salpicada de neologismos, sobreesdrújulas y grecolatinismos: la biopolítica y la mnemopolítica, la oposición entre logos y techni.

David Jiménez Torres
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Son las nueve de la mañana y el auditorio rebosa de estudiantes de máster y doctorado: unos sesenta o setenta. La charla es parte de la serie Distinguished Scholar Workshops; la expectación que produce el invitado ha ido en aumento al saberse que fue amigo de Derrida y que en sus años mozos pasó una temporada en la cárcel. Pronto aparece el Distinguido, un hombre rocoso y de aspecto huraño: sus ojos nos contemplan desde las cavernas del Saber, a través del filtro de miles de páginas leídas y de reflexiones y discusiones bizantino-sorbonianas. Hacen una introducción extensa un estudiante de doctorado y luego el jefe de departamento de Filología francesa; proclaman al Distinguido modelo del intelectual comprometido con la realidad: no se esconde en la torre de marfil universitaria sino que está ligado a institutos que aúnan la erudición y la aplicación vital (los numerosos profesores del auditorio bajan la mirada, avergonzados).

Por fin dejan paso al Maestro: comienza la charla. Platón es el precursor de Marx. El gran problema occidental del siglo XXI es la problemática relación entre tecnología y memoria. Cada vez delegamos en la tecnología más tareas que antes desempeñaba nuestra memoria; estamos perdiendo nuestro "saber cómo" y nuestro "saber cómo vivir bien"; reaccionamos convirtiéndonos en ciegos consumidores; el proceso se sobrepone a la lengua y entra la esfera del cuerpo; estamos ante el fin del individuo; es un "capitalismo cognitivo"; la sociedad se subdivide en productores y consumidores de símbolos; se priva al proletariado del saber: las clases bajas vuelven a estar oprimidas. El Distinguido lee sin levantar la vista del taco de folios que tiene delante; su habla está salpicada de neologismos, sobreesdrújulas y grecolatinismos: la biopolítica y la mnemopolítica, la oposición entre logos y technik, el pseudoconocimiento que cortocircuita el proceso de exteriorización al determinar la interiorización en un complicado proceso de gramatización. Cita al amigo Derrida, discrepa con Althusser, polemiza con Levinas; y sobre todo, usa mucho a Freud: mucha economía libidinal, sublimaciones por doquier, mucho id y muchísimo superego.

Tras la charla, aplausos entusiastas. Cuarenta minutos de preguntas. Corrillos a la salida.

Esa misma tarde hay otra charla: esta vez somos diez o quince en una sala de seminario. No forma parte de ninguna serie; el conferenciante, un mejicano de mediana edad, bajito y sonriente, no recibe más trato que el de Invitado. Hace la presentación un estudiante de licenciatura en dos minutos. El Invitado explica que el ordenador se ha roto y no puede usar el PowerPoint; tendrá que dar la charla de memoria. Y lo hace: una hora entera de memoria, sin esfuerzo, sin consultar notas, con la elocuencia que proporciona el hablar de lo que a uno le fascina y le preocupa. El Invitado habla de la necesidad de crear una disciplina paralela a la criminología: la victimología. Habla de sus relaciones con y estudios sobre víctimas de atracos, de palizas, de violaciones, de atentados; explica los factores que hay que tratar en la psicología de la víctima, el "¿Por qué a mí?", el acercamiento emocional al victimario para causar lástima. Habla de factores victimógenos: las viudas y divorciadas son los grupos más vulnerables, una familia integrada siempre es un escudo, no existe oposición binaria tonto-inteligente. Habla, sobre todo, de Derecho: a lo largo de la historia se han puesto cada vez más limitaciones al derecho y poder de las víctimas y se han entregado más al criminal; el Derecho en la mayoría de países no reconoce la paridad de derechos víctima-victimario. El Invitado relata anécdotas, hace algún chiste, explica procesos sin referencias a aparato teórico alguno. De ids y superegos, ni palabra.

El estudiante indica al Invitado que se le está acabando el tiempo. Cierra la charla sin frase rimbombante ni cita de la República. La gente ha ido recogiendo sus cosas. Palmadas más que aplausos.

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