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David Jiménez Torres

Retales de política exterior

En esta mini-escandalera, que sólo implica el apoyo de un Estado a un grupo terrorista que asesina a personas en otro, las explicaciones del embajador o de quien corresponda, ni están ni se les espera. Ni siquiera se piden.

David Jiménez Torres
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Dijo Rubalcaba ayer en su entrevista en Los Desayunos de TVE que "dos no rompen si uno no quiere". Vaya por delante que la frase se refería al PP y al Pacto Antiterrorista, y no guardaba ninguna conexión con sus anteriores declaraciones de que Venezuela debía ayudar "rotundamente" en la lucha contra ETA. Pero la frase parece resumir lo sucedido estas últimas semanas en eso que todavía llamamos política exterior española. Una política que parece, en el mejor de los casos, un pobre enamorado/a que hace la vista gorda ante las muestras más que evidentes de que su novio/a no es de fiar, se comparte como una mala persona y probablemente le está poniendo los cuernos.

Recordaremos que cuando la muerte de Orlando Zapata, Moratinos aclaró que un incidente así no iba a cambiar la estrategia española con respecto a Cuba, ese acercamiento y negociación en pos de un fin sólo factible a través del buenismo: la nada. A pesar de la nueva muestra de la falta de voluntad de los Castro de rectificar su política opresora, España seguiría aportando incentivos e ignorando a la disidencia cubana en las visitas diplomáticas a la isla. Esta semana, reedición del mismo melodrama: no un tertuliano, ni un telediario, ni siquiera un periódico, sino todo un juez de la Audiencia Nacional declara que existen indicios de que Venezuela facilitó los contactos entre ETA y las FARC. ¿Amenaza España con tomar medidas económicas o diplomáticas, siquiera con paralizar la venta al ejército chavista de cuatro buques de vigilancia del litoral que comienza esta misma semana, si el embajador o Chávez no dan explicaciones inmediatas? Pero señores, qué se creen, ¿que esto es comparable a lo de la foto del FBI de Bin Laden con el pelo de Llamazares? Porque recordemos que cuando ese escandalazo al más alto nivel diplomático y de gravísimas consecuencias para la vida de todos los españoles, la embajada de Estados Unidos ofreció inmediatamente explicaciones al ex coordinador general de IU, y cuando él persistió en el berrinche, se las volvió a ofrecer. En esta mini-escandalera, que sólo implica el apoyo de un Estado a un grupo terrorista que asesina a personas en otro, las explicaciones del embajador o de quien corresponda, ni están ni se les espera. Ni siquiera se piden.

Y es que dos no rompen si uno no quiere. Y aquí el tonto que no quiere es España. Y Zapatero y Moratinos, los dos enamorados que se niegan a afrontar la más que necesaria ruptura, por una razón tan boba e inmadura como que es muy duro renunciar a la idea que uno se formó sobre la otra persona. Pensar que Cuba la bella, antigua amada de juventud a la que le hemos dado mil y una oportunidades, sigue tan cruel e irredenta ahora como antes. Pensar que la potente Venezuela chavista, imaginada redención de nuestra fe perdida y tabla de salvación de nuestras ideas juveniles sobre el amor, nos está poniendo los cuernos con todos los matones de la herriko taberna. Como diría la canción: "hay que ver qué puntería / no te arrimas a una buena". Pero antes que hacer autocrítica, antes que intentar afrontar ese futuro gris y frío sin el cálido manto que nos envolvió al nacer, Zapatero y Moratinos prefieren refugiarse en el autoengaño. Y empieza el carrusel de excusas, con Willy Toledo de portavoz: en realidad ellos no son tan malos; en realidad, los malos somos nosotros.

Es de suponer que los ciudadanos seremos los invitados cuchicheantes y maldicientes de la boda. Tampoco parecemos querer ser más.

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