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David Jiménez Torres

Ruido de pasos

Ahí fue ZP a recogerse y entonar una plegaria. Entró y se hizo el silencio y rezó por su salvación en esta tierra; qué más da que dirigiera sus palabras a inmigrantes y parados, la verdadera plegaria la hacía por sí mismo.

David Jiménez Torres
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En Historia de dos ciudades, de Charles Dickens, la familia protagonista vive en una casa retirada en Soho Square, en Londres. Es un sitio alejado del turbulento albor de la Revolución Industrial, del reino sucio de los hombres; un hogar en el que cada mueble brilla y las únicas fechas importantes son las de los cumpleaños. Es un lugar de paz, de recogimiento, de disfrute en el regazo de la familia, con su Abuelo, su Marido, su Hija y sobre todo su Madre: cariñosa y compasiva, sonriente y etérea, virgen redentora de pecadores. De pecadores como Sidney Carton, de quien dice el autor que habría querido ser león pero sólo pudo llegar a chacal.

Lejos, en París, las aguas rugen y explotan; ha estallado la Revolución Francesa, y las calles corren con la sangre que chorrea de la guillotina. Las muchedumbres andrajosas se agolpan durante el día y la noche en busca de pan y venganza. La clase dirigente huye como puede. Individuos cargados de odio compiten por denunciar y ajusticiar a Enemigos del Pueblo. El viejo absolutismo morirá a manos del nuevo: una muerte caótica y violenta. Pero en la casita de Soho, nos dice Dickens, el fragor sólo llega en forma de eco, de lejanísimo ruido de pasos al otro lado del mar. En aquella casita se acoge a los refugiados del estruendo foráneo, como ese Sidney Carton que busca ahogar su tristeza en la felicidad y la compasión de aquellos a los que considera superiores. En la casita de Soho se le aplica el bálsamo de los suaves sonidos del Hogar. Unos sonidos que según el narrador no eran sólo terrenales, sino que tenían algo del puro aliento de lo divino.

Ayer acudió Zapatero a la Nueva Jerusalén, a rezar. Acudió en busca de recogimiento y curación, del bálsamo que ofrece el carisma imperecedero del Mesías, del aura que crean los flashes. Huía del atronador sonido de la economía que se derrumba, del murmullo de las muchedumbres en la cola del INEM, de las insistentes críticas de (algunos) propios y (muchísimos) extraños, de la visceralidad de los que en nombre del Pueblo Eternamente Oprimido denuncian a los que no rotulan en catalán. Huía del clamoroso desplome de los planes más optimistas. Huía de su culpa y su responsabilidad. Huía de un estruendo cada vez más insistente, más caótico, más impredecible.

Ahí fue ZP, ese Sidney Carton de nuestra política, a recogerse y entonar una plegaria. Entró y se hizo el silencio y rezó por su salvación en esta tierra; qué más da que dirigiera sus palabras a inmigrantes y parados, la verdadera plegaria la hacía por sí mismo. Pero se encontró con el silencio. Había gente en la casa (estaba allí La Familia al completo), pero no le hacían mucho caso. La plegaria se la tragó el aire. Si un árbol grita "¡Alianza de Civilizaciones!" en medio de un bosque, ¿emite algún sonido? Y encima el ansiado Líder que guarda la magia de ese sacro hogar, el que es capaz de redimir a todo desventurado con el roce de su sonrisa, llegó más tarde de lo esperado y tuvo que atender a otros asuntos. No hubo milagro ni sosiego. Zapatero volvió inmediatamente a escuchar aquello de lo que huía: el fragor de pasos al otro lado del mar. Y le dijeron que era hora de irse.

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