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David Jiménez Torres

Sumergidos

¿Qué tendrá el infierno, que los inquilinos de su primer círculo no chillan ni lloran ni arden, sino que cantan y tocan la guitarra?

David Jiménez Torres
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Para economía sumergida, la del metro.

En realidad, la economía sumergida comienza de camino al metro, cuando descendemos de las alturas y salimos a nivel de calle. Nivel de mar en Barcelona, nivel de montaña en Madrid, pero en la práctica vienen a ser lo mismo; habrá algo ahí. Salimos del portal y nos vamos encontrando con los subsaharianos apostados delante del Opencor y del Museo del Jamón, que te dicen "hola señor, hola señora" y te piden una ayuda por favor. Blanden ejemplares de La Farola como carnets de legítima mendicidad; esas farolas tan desprovistas de sentido y que de repente nos recuerdan esa canción que nos hacían cantar en el colegio: "Esta noche no alumbra / la farola del mar / esta noche no alumbra / porque no tiene gas". Nos recreamos momentáneamente en el paralelismo de la triste inutilidad de ambas farolas, aquella que de niños se nos hacía tan místicamente irredimible, y esta que ahora se presenta tan ramplonamente insalvable. Pero luego nos vemos con siete años, en un aula bonita y soleada y todos bien vestiditos y con profesores que nos limpiaban los mocos, y nos imaginamos la infancia de este hombre que nos sigue pidiendo una ayuda por favor. Seguimos.

Delante de la boca de metro, el último escalafón de economía legítima, los periódicos gratuitos, compite con negocios de mayor o menor "sumersión". En papeles coloreados y brillantes, cursos de formación de guardia de seguridad privado (¿en el barrio de Salamanca? ¿En serio? ¿No tendría más éxito ofrecerlos ya formados?). En papeles amarillos, mayúsculas advertencias de "Compro oro", como diciendo "señora, ¿se acuerda de esos pendientes que le regaló su marido por Navidad? Le ayudamos a deshacerse de ellos". En papeles blancos, un gran bufete de hechiceros africanos y maestros de santería te promete curártelo todo y decírtelo todo y conseguírtelo todo. Si tanto pueden, no entendemos por qué África está como está.

Por fin descendemos a las profundidades y nos topamos con esa vasta economía sumergida del interior del metro, predominantemente musical. Por los pasadizos y corredores, hombres con teclados que tocan Let it be o Yesterday. A veces también saxofonistas con temas de Sinatra y otras "cosas reconocibles", como explicaba Glen Hansard en la preciosa Once. Hará unos diez años que todos empezaron a incorporar una caja de ritmos que les hace el trabajo sinfónico extra: mejoró el producto, pero disminuyó nuestra apreciación de su mérito individual. ¿Disminuiría por tanto también el volumen de sus ingresos? ¿O la caridad proviene de la compasión y no del placer acústico en sí? ¿Habrá un gráfico en el Economist o en el Financial Times que mida los ingresos pre- y post-caja de ritmos? ¿Habrá elaborado algún economista un modelo para medir estas cosas? La especulación: esencia de la economía sumergida.

Dentro de los vagones, guitarras y acordeones. En los pasillos los músicos están solos: aquí no es raro ver parejas. Algunos realizan extensas introducciones, otros entran en plan "bueno, ya sabéis de qué va esto, ¿no? Pues eso". A veces son señoras entradas en años, armadas de un simple micrófono, que entonan canciones populares de su país. Es otra cosa de la economía sumergida, ser repositorio de extranjeros que ofrecen lo que pueden, un brazo o una flauta andina, una camiseta sudada o un chullo marca "Evo Man". Tocan música casi nunca apreciada, que interrumpe conversaciones con amigos, párrafos del libro, naderías de novios; se forma un vacío alrededor del músico, los pasajeros emigran del centro a los suburbios. Y como siempre, la precariedad y la incertidumbre: la posibilidad de que al final el músico pase el cuenco y nadie dé nada, quizás por razones tan crueles como que no se ha acercado lo suficiente a aquella señora del final del vagón, que tiene la moneda de cincuenta céntimos en la mano, pero que no va a dárselos si él no le pone el cuenco delante de las narices, y que se baja pensando "lástima, con lo buena que iba a ser hoy...". Tristes rutinas las de estos músicos, que disparan, de nuevo, la especulación: ¿cuánto tiempo llevan haciendo esto? ¿Cuánto deben ingresar por día? Si un día no ingresan la cantidad esperada, ¿qué hacen? ¿Cómo afrontan por las mañanas su labor? ¿Cómo se sienten cuando tocan algo y nadie les da nada? Si la música es algo más que un trabajo, ¿cómo pueden no tomárselo personalmente?

¿Qué tendrá el infierno, que los inquilinos de su primer círculo no chillan ni lloran ni arden, sino que cantan y tocan la guitarra?

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