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David Jiménez Torres

Vuelve por Navidad

Vuelve la familia, vuelve con pesadez o con gozo, con silencio o algarabía, con tensión o distendida, tangible o inefable; vuelve la familia con su golpe para nuestra individualidad.

David Jiménez Torres
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Difícil, la Navidad. Difícil, en ciertos sentidos, para el individualista laico que, sin despreciar ni querer apartar la significación religiosa de estas fiestas, no la siente como suya, no oye su llamada. Difícil porque la Navidad relativiza, reubica, redibuja los esquemas de poderoso individualismo con que interpretamos el transcurso de nuestras vidas.

La Navidad siempre es un retorno. No tanto en las celebraciones que la puntean como en la ejecución, que al final es lo que importa. Otras fiestas/vacaciones, como la Semana Santa, con su impronta de primavera, ofrecen, prometen novedades. El año, con su sucesión de albas, con sus días como trenes de alta velocidad donde, por lo normal, vamos solos, se nos hace incesante avance y descubrimiento. No así la Navidad, que es un rosario de regresos. Vuelven los décimos de lotería, los niños de San Ildefonso, los turrones y mantecados, los jamones, las luces de las calles; vuelve, para los que la ignoramos durante el resto del año, la tele, la eterna tele, la sempiterna TVE, Raphael inmortal, los especiales y retrospectivas de cierre de año, las películas de toda la vida, las galas con artistas de milagrosa ubicuidad. Vuelven las muchedumbres del Corte Inglés y vuelven los anuncios de Playmóbiles y muñecas Famosa, y vuelven las cabalgatas y vuelven los Reyes Magos, con truco o sin él. Vuelve el Año Nuevo, teóricamente fresco como una fruta pero prácticamente viejo como un mantel, su fuerza rompedora diluida en la rutina de las campanadas, las galas, las uvas, las fiestas, el champán, la canción de Mecano. Y vuelve la familia, vuelve con pesadez o con gozo, con silencio o algarabía, con tensión o distendida, tangible o inefable; vuelve la familia con su golpe para nuestra individualidad, con su reasunción de roles, la mayúscula que pasa a minúscula, el título, el sitio en la mesa.

Vuelve todo, y a nuestro alrededor se teje una tupida tela social, que quizá siempre estaba ahí pero que durante el año ignoramos, centrados como estamos en nuestros esfuerzos por abrir cuñas, tallar inscripciones en el tronco del mundo. Se teje una tela que se despliega y después, poco a poco, nos reclama, como el ave que abre sus alas para luego ir atrayendo a sus polluelos hacia sí. Porque esto es en realidad la Navidad: el regreso de las cosas y también, y sobre todo, nuestro regreso a ellas. La conciencia de que las cosas vuelven a pesar de nosotros, que su persistencia es mucho más vital que nuestro furioso instante. Los especiales de TVE sobre Navidades pasadas, y cómo se despliegan nuestro país y nuestra sociedad, y nuestra reubicación en ellos, la conciencia de que somos parte de eso que aparece en la tele; jueces durante un segundo, luego, siempre, parte. Los suplementos de los periódicos sobre las personalidades fallecidas a lo largo de este año, y la reflexión de que por mucho que hagamos y logremos, por muchas cuñas que tracemos y muchas inscripciones que tallemos, iremos a parar, algún día, como muchísimo, a esto: a un par de párrafos en un suplemento. Es el regreso de la vida y la muerte y nuestro regreso a ellas; de la vida que, como una ola, nos engulle, nos saca a flote, nos engulle de nuevo y, siempre, vuelve.

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