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Cuando retrocede España, retrocede la libertad

Este nuevo clima catalán demuestra, como ya se vio en el País Vasco, que la libertad de los ciudadanos está mejor garantizada con la nación española que con los nacionalismos periféricos.

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La campaña del referéndum para el estatuto de Cataluña pasará a la historia por el clima de violencia y coacción que han sembrado los grupos nacionalistas, con la irresponsable tolerancia de quienes gobiernan en Barcelona y en Madrid. Estos sucesos inevitablemente marcarán un giro en la política catalana. También apuntan en una dirección muy concreta: se recrudece la persecución a España, a lo español. Pero se ataca lo español porque España representa, también, una idea de la libertad. Y es esa libertad lo que no toleran ni los nacionalistas ni sus socios.

España, en efecto, representa una vida de libertades públicas, y esa idea se va viendo mejor a medida que la presión separatista se va haciendo más asfixiante. España no es sólo un nombre histórico, ni sólo un Estado con su aparato administrativo, ni sólo una selección de fútbol. España es una forma de convivencia. Como tal, España representa un orden jurídico, una garantía de derechos, una manera de ejercer la libertad. Hasta la fecha, bajo el respeto unánime a la Constitución, la presencia de España, de la democracia española, ha garantizado las libertades públicas y privadas de todos los españoles, incluso de aquellos que empleaban las leyes para tratar de disolver la nación. La libertad de todos –por ejemplo, a la hora de hacer política– ha estado garantizada en todas partes, sin más excepción que la de quienes recurrieran al delito común. España salvaguardaba la libertad.

Ahora estamos viendo cómo hay lugares de España donde ya no existe propiamente libertad, donde los derechos básicos de expresión se ven coartados, a veces violentamente, por los poderes locales. Y se trata precisamente aquellos lugares –el País Vasco, también Cataluña– donde España ha retrocedido, donde la protección jurídica que otorgaba nuestro Estado ha sido sustituida por la discrecionalidad política de los nacionalismos allí gobernantes. En estas regiones, bajo ese poder, ha surgido una violencia que se dirige siempre en la misma dirección: contra quienes defienden la Constitución Española. Y los grupos que allí gobiernan, nacionalistas, o también socialistas de credo nacionalista, no sólo no persiguen la violencia, sino que, con frecuencia, la justifican. Así se han ido creando unas condiciones incompatibles con la democracia.

Este nuevo clima catalán demuestra, como ya se vio en el País Vasco, que la libertad de los ciudadanos está mejor garantizada con la nación española que con los nacionalismos periféricos. Allá donde la presencia de España ha retrocedido, allá donde el nacionalismo local se ha hecho hegemónico, la libertad ha empezado a verse constreñida. La experiencia de treinta años de democracia es inequívoca: cuando retrocede España, retrocede la libertad.

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