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Un proyecto nacional para España

A nuestro país le está haciendo falta un proyecto nacional consciente, sin complejos, sin miedo a decir su nombre; sin miedo a hablar de unidad y de identidad, como ha propuesto Sarkozy a los franceses.

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Las elecciones francesas aceptan muchas interpretaciones, y más aceptarán cuando se celebre la segunda vuelta, pero de momento hay una que nos interesa especialmente y que de algún modo nos interpela, hoy, aquí, a nosotros, españoles. Es la siguiente: las elecciones francesas han demostrado que es posible vertebrar un discurso político de alto nivel tomando pie en una idea muy nítida de la nación. Porque eso es, en última instancia, lo que Sarkozy ha propuesto a los franceses: un mensaje de reafirmación en torno a la nación, entendida como un proyecto de vida en común y como el escenario natural de las virtudes cívicas. Digamos la palabra prohibida: patriotismo.

El recurso a la idea de nación es un motivo típico de la política moderna francesa. Lo que necesariamente nos impresiona, visto desde aquí, es la naturalidad con la que nuestros vecinos hablan de nación o de patriotismo, mientras que en España son conceptos que se diría sólo permitidos para los nacionalismos secesionistas, nunca tolerados para quien desee afirmar lo nacional de España.

¿Qué hacer para que nuestros grandes partidos de ámbito estatal sean capaces de ofrecer un proyecto de nación, una idea de España? ¿Cómo empujarles a ello? La derecha, cuando gobernó, ofreció un proyecto basado ante todo en la política económica, en una promesa de prosperidad general. Cumplió su promesa, pero se dispararon todos los frentes de ruptura en el secesionismo vasco, catalán y gallego, bien alimentados por un socialismo que vio ahí una oportunidad táctica de primera magnitud. Hoy gobierna, en efecto, la izquierda, y sus pactos de diverso alcance con las fuerzas secesionistas han llevado a España a convertirse en una nación que quiere dejar de serlo. ¿Cómo no mirar con cierta envidia a los franceses?

A nuestro país le está haciendo falta un proyecto nacional consciente, sin complejos, sin miedo a decir su nombre; sin miedo a hablar de unidad y de identidad, como ha propuesto Sarkozy a los franceses. Pero ese proyecto nacional, que ha de ser la obra de ciudadanos conscientes, necesita ante todo clarificar horizontes. Es prioritario cerrar el modelo de Estado, para que nada vulnere su unidad. Es prioritario que se cumpla escrupulosamente la ley en materias como, por ejemplo, el bilingüismo, para que ningún poder local distorsione nuestra auténtica identidad. También es prioritario reformar la ley electoral, de manera que el peso desmedido de unas pequeñas minorías locales no pueda desvirtuar la democracia. Asimismo, es prioritario promover grandes acuerdos para coordinar las políticas que hoy se hallan dispersas e incluso enfrentadas en el Estado de las Autonomías (pensemos en el caso de agua). Y sobre todo, porque todo va junto, es prioritario recuperar la fortaleza moral del Estado frente al terrorismo, porque en ese lance se ventila la dignidad de la nación.

Estas líneas argumentales, sobre el papel, podrían ser abanderadas tanto por la derecha como por la izquierda: forman parte de los objetivos naturales de cualquier nación democrática y moderna. Que en España las hayamos perdido de vista es algo que sólo puede juzgarse como una enfermedad de nuestra vida pública. Superarla es, tal vez, el proyecto nacional más urgente.

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