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Acuerdo sí, solución no

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En el Afganistán, un acuerdo no es una solución. Es tan solo la posibilidad de una solución y el hecho de haberse llegado a tal acuerdo en Bonn no incrementa en absoluto el valor del pacto para dotar al país asiático de un Gobierno de transición.

En Bonn negociaron algunas fuerzas que hace tiempo ya no pintan nada en el Afganistán y se acordaron fórmulas de carácter tan acusadamente occidental que sólo un milagro puede hacerlas viables en el Asia Central. La verdad es que el acuerdo es tan fruto de la intervención diplomática estadounidense como la derrota talibán lo es de la intervención militar norteamericana. Washington no sólo ha organizado la conferencia bajo el manto de la ONU, sino que ha impedido su fracaso, teledirigido sus acuerdos y hasta coronado al que habrá de ser el primer hombre fuerte del país.

Hamid Karzai, que parece haberse salvado de milagro del ataque con “fuego amigo” norteamericano, es un pastún del Sur, bien visto por la Alianza del Norte, a la que ya sirvió como ministro, y por buena parte de la propia etnia. Actualmente dirige una pequeña fracción anti-talibán que asedia Kandahar.

Pero Washington, que ha desarrollado la campaña militar impecablemente, ha mostrado ahora una alarmante falta de lógica... o de piedad, porque el problema afgano ha sido desde siempre la mentalidad del país y las consecuentes reglas del juego político: es demasiado pobre para ser democrático, demasiado dividido para estar de acuerdo en nada y demasiado afincado en la violencia total para ser gobernable.

La Casa Blanca pretende hacer en menos de dos años de ese Afganistán una nación democrática, pacífica y estable sin más inversión que la de apoyar políticamente a un político de reducidos poderes fácticos y una de cuyas mayores bazas es haber sido un afortunado hombre de negocios en los EE.UU., donde tuvo una cadena de restaurantes durante los años 80.

Lo que necesita un país como el Afganistán ahora es una inversión económica enorme y férreamente vigilada para que no sea anulada por la endémica corrupción local, además de una presencia militar físicamente inmediata y tan impresionante como la desplegada en esta guerra para que ninguna ambición egoísta se atreva a socavar los esfuerzos de reconstrucción política.

Con otras palabras: si Washington quiere un Afganistán a lo occidental se habrá de quedar allí con sus soldados y sus millones. De lo contrario, tendrá que avenirse a que en el país manden los que puedan de entre sus muchos pretendientes... y lo lleven por donde Alá –o el Ben Laden de turno– les dé a entender.

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