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Adiós a las armas

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Decenas de miles de soldados siguen en Irak, pero con Bagdad ocupado y con la caída del régimen de Sadam Husein, los norteamericanos ya no piensan en la guerra y el presidente Bush aprovechó los últimos momentos en que aún podía atraer el interés para anunciar el fin de las hostilidades y conseguir que todas las televisiones del país transmitieran su discurso en “prime time”, desde la cubierta del portaaviones “Abraham Lincoln”.

Bush no cantó victoria, en parte por los problemas legales que eso le traería: la Convención de Ginebra le obligaría a liberar a los prisioneros de guerra y abandonar la búsqueda de Sadam Husein, además de convertir automáticamente a Estados Unidos en una fuerza de ocupación. También porque la realidad no le permite celebrar la victoria en un país donde cada día hay violencia, donde los soldados norteamericanos siguen temiendo por sus vidas y, especialmente, donde nadie sabe quién va a gobernar Bagdad.

Esa pregunta sigue en la más espesa de las nieblas y la idea estadounidense de crear 23 ministerios regidos por otros tantos hombres de confianza de Washington, bajo la coordinación de un general retirado norteamericano, parece la más coherente pero exige una presencia militar estadounidense probablemente superior a la actual y podría constituir toda una provocación al patriotismo de un pueblo que tan solo mostró júbilo por la liberación en los primeros días de orgía popular y tan solo en algunos lugares.

Tal vez el discurso en el portaaviones fue la última oportunidad de Bush para celebrar el éxito militar. Ahora sabe que ha de encontrar una solución política, si no quiere pasar de la crisis aguda que fue la guerra, a la enfermedad crónica de un país ingobernable. De momento, parece que el general Garner, impuesto por el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, tendrá que responder a L. Paul Bremer, cuyo nombramiento satisfaría a quienes recomiendan una autoridad civil, porque es diplomático de carrera y representa a la diplomacia y no a la fuerza militar, si no fuera porque su campo es el terrorismo y sus posiciones políticas están mucho más cerca de Rumsfeld que del secretario de Estado Colin Powell.

Además, el tiempo apremia para responder a la preguntas que empieza a plantearse, no ya la prensa internacional, sino también la norteamericana: ¿Dónde están las armas de destrucción masiva? ¿Cómo es posible que Sadam Husein pudiera ocultar tantos miles de litros y toneladas como el gobierno norteamericano denunciaba? ¿Dónde están los líderes de Al-Qaeda protegidos por Bagdad? Y, finalmente, ¿dónde está Sadam Husein?

Luego hay otras preguntas que no apremian, pero suscitarán un debate dentro de Estados Unidos para apuntarse las medallas de lo que, militarmente, fue una victoria espectacular, más rápida y rotunda que las proyecciones más optimistas. ¿Fueron las nuevas armas de precisión? ¿O la estrategia de avanzar a toda marcha sin proteger los flancos y líneas de suministro? ¿O tal vez fueron las fuerzas especiales? ¿O quizá simplemente fue Sadam Husein quien perdió la guerra porque no tenía más arma que su bocaza? Es un concurso que ganarán los técnicos, o los planificadores militares, los jefes de uno u otro mando militar, o incluso la CIA, pero el presidente Bush es en cualquier caso el primer ganador y se apresuró a recoger su trofeo antes de que sus compatriotas olviden totalmente la guerra y le vuelvan la espalda si sus bolsillos siguen flaqueando. Bush conoce muy bien la historia: es así como el presidente 41, su padre, perdió las elecciones en 1992.

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