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Bush contra reloj

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La detención del lugarteniente de Osama Ben Laden en Pakistán pone de relieve la urgencia que Estados Unidos siente en su lucha contra el terrorismo: lo que a Bush más le falta es tiempo para eliminar a sus potenciales enemigos antes de que consigan armas atómicas o bacteriológicas y de que formen una auténtica alianza contra el mundo industrial, especialmente contra Washington.

Es esta carrera contra reloj lo que diferencia real y profundamente la política antiterrorista de los Estados Unidos de Bush, porque sus servicios secretos le indican que hay una veintena de naciones en pos de armas de destrucción masiva que podrían conseguir en menos de diez años.

Aunque esta perspectiva es anterior al 11 de septiembre, los atentados de Washington y Nueva York hicieron ver que Al Qaeda tiene la capacidad de liderar una multinacional del terrorismo a la que estados como Siria o Irán podrían contribuir, convirtiéndola en una seria amenaza.

Tiene también la vertiente económica obligada en todos los planteamientos norteamericanos, pues cercenar la carrera de armamentos de sus enemigos y desbaratar las organizaciones terroristas es mucho más barato y fácil ahora que dentro de unos años, ya que el potencial militar de los posibles atacantes es aún tan inferior al norteamericano que Washington todavía puede actuar con unos riesgos militares y una dislocación diplomática manejables.

Como demostraron las guerras de Irak y de Afganistán, el Pentágono tiene recursos de sobra para las operaciones preventivas contra el terrorismo mundial, pero está por ver si Bush tiene el mismo nivel de recursos diplomáticos que permitan convertir una victoria militar en una paz duradera.

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