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Demasiado tarde para Sadam

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La respuesta norteamericana a la última propuesta irakí para un diálogo de control de armamentos es un ejemplo de lógica política apoyada por la prepotencia militar. Por una parte, el auténtico problema en Irak no es la supervisión internacional de sus arsenales, sino que Washington exige que Saddam Hussein, por la buenas o por las malas, desmantele las armas de destrucción masiva que está acumulando.

Por la otra, la maniobra de Bagdad para ganar tiempo con su oferta de negociar el retorno de los observadores de la ONU es tan transparente como desgastada. Además, la conducta de Saddam Hussein desde que se hizo con el control de Bagdad hace su continuidad en el poder totalmente inaceptable para la Casa Blanca, que sigue barajando la opción militar ante la evidencia de que el dirigente iraquí no se va a ir por la buenas.

El Pentágono podría lanzar una invasión relativamente pronto, porque en estos momentos no hay en el mundo ninguna superpotencia que pueda contrarrestar un ataque norteamericano y porque el arsenal iraquí ha de aniquilarse antes de que Saddam disponga de suficiente armamento de destrucción masiva como para emprender represalias importantes.

El espionaje estadounidense cree que en estos momentos Saddam dispone de una adhesión militar y popular menor que nunca y que un ataque demoledor contra sus bases provocaría un rápido hundimiento del actual Gobierno iraquí, pero el mayor obstáculo a un ataque está dentro de Estados Unidos. Aunque tanto la Casa Blanca como el Congreso tienen como principal objetivo en el Golfo Pérsico acabar con el régimen de Saddam, hay un intenso debate, no solo en cuanto a los costos económicos y diplomáticos, sino también por las exigencias de una ocupación continuada después de derrocar al régimen actual.

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