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El alma de Vlad

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La Casa Blanca tuvo que hacer de tripas corazón y aceptar que Rusia ha violado la muestra más sacrosanta de la democracia que Washington defiende como el bien supremo. Lo peor es que el responsable y beneficiario de ese atropello es nada menos que Vlad, el presidente ruso Vladimir Putin, a cuya alma se asomó Bush hace casi tres años y en cuyo fondo descubrió todo tipo de admirables virtudes y anhelos.
 
Los resultados electorales no han sorprendido a nadie, pues cualquier cosa fuera de una victoria decisiva de Putin y sus hombres era impensable.  Los comicios eran en realidad para saber en cuánto y en qué medida incrementaría Rusia Unida su control sobre el Parlamento ruso.
 
El partido de Putin luchó ante todo por impedir el retorno de los comunistas al poder,  pero su lucha fue con métodos casi stalinitas, es decir, tan antidemocrática como las elecciones del domingo. Es fácil de comprender que en Rusia no haya muchas alternativas, pues la Unión Soviética se hundió sin que el país tuviera a mano una alternativa ni política, ni económica ni cultural.
 
Pero la tolerancia de Washington, que se ha limitado a reconocer la “poca justicia” de las elecciones y a “confiar” en que el parlamento realice las reformas políticas y económicas que los comicios “han hecho tan evidentes”, no se debe a su comprensión del proceso soviético-ruso, sino a los intereses de política exterior. Por mucho que Bush diga, como hizo hace pocas semanas, que ha pasado la hora de apoyar regímenes autoritarios en aras de la estabilidad, necesiva a Vlad en Corea del Norte, para controlar el terrorismo en el Asia Central y para impedir la proliferación nuclear, una tentación enorme ante los gigantescos arsenales atómicos acumulados por la desaparecida Unión Soviética.
 
A pesar de todas las diferencias en poderío militar y económico, George y Vlad se necesitan mutuamente –y se ayudan, a pesar de algunas críticas en foros internacionales: mientras George mantiene abierta la espita de sus dólares, Vlad le echa una mano en cuestiones de imagen como el tratado de Kyoto que, gracias a Moscú, no fracasa ya por la negativa de Washington, sino del Kremlin que, según Vladimir, tan solo puede salir ganando si los inviernos de Siberia son más cálidos.
 
 

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