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El sello de Bush

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A medida que Bush va dándose a conocer como presidente, va resultando claro que no se siente intimidado por los magros resultados electorales o por su polémico acceso a la Casa Blanca y está dispuesto a utilizar el poder que le da su cargo, tanto dentro como fuera del país

Ni cede en sus iniciativas fiscales, ni renuncia a reformar la Seguridad Social y las escuelas, ni abandona las propuestas en política exterior o la remodelación de la defensa nacional anunciadas durante la campaña electoral.

Esta semana designada como de "seguridad nacional", además de la gira triunfal por las bases militares del país, donde los soldados lo recibieron como al héroe que iba a rescatarles de ocho años de negligencia, le permite también poner su sello en política exterior, que hasta ahora se ha percibido como su punto débil.

Además de apostar por las nuevas tecnologías en cuestiones defensivas, se lanza al ruedo internacional como un auténtico tejano y empieza en el único país con el que tiene experiencia, visitando al presidente de Méjico Vicente Fox. Al ser su primera visita, señala la prioridad de las buenas relaciones con Iberoamérica mientras que el rancho simboliza la falta de arrogancia que la superpotencia quiere tener en sus relaciones y a la que él tanto se ha referido como "humildad".

Sus declaraciones antes de salir, ante los funcionarios del Departamento de Estado, eran también un mensaje al Congreso de que tratará de ampliar las zonas de libre comercio y de que no eliminará las sanciones contra Cuba mientras no haya una transición democrática.

Toda una sorpresa para quienes esperaban un presidente tímido que gobernaría contando los votos que no tuvo.

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