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Empieza la campaña presidencial

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Teóricamente, la política norteamericana está de vacaciones hasta este martes cuando, después del puente del Día del Trabajo, reanuda sus actividades el Congreso y se abre la campaña para las elecciones de noviembre del año próximo. Pero ni el presidente Bush, ni los legisladores con ambiciones presidenciales, esperaron hasta el martes: Bush regresó a Washington ya el sábado y dedicó el fin de semana a trabajar en su reelección y en prepararse para rebotar los golpes que tratarán de darle los candidatos demócratas a causa de las dificultades en el Irak.

En realidad, no son tan solo demócratas, sino que algunos republicanos, entre los que naturalmente destaca el senador McCain, que fue su rival en las elecciones primarias del 2000, también critican los recursos dedicados al Irak y McCain dijo este domingo que por lo menos haría falta una división más. Bush no puede hacer oídos sordos a las críticas del Congreso, porque lo primero que tendrá que hacer será pedirles dinero, probablemente tres mil millones de dólares para seguir financiando la reconstrucción del Irak, que no serán más que un pequeño “adelanto” en una factura mucho más elevada que, según algunos expertos, sería de dieciseis mil millones a corto plazo y de cien mil en total.

La coincidencia de estos gastos en momentos del déficit más elevado que jamás ha tenido el país, con el goteo de muertes diarias entre las fuerzas norteamericanas, habría de representar una bonanza para los demócratas que hace tres meses veían prácticamente tapado el camino hacia la Casa Blanca. Pero, de momento, Bush tiene suerte: el descontento popular que se refleja en una pérdida de apoyo del 75 a poco más del 50% en cuatro meses, no es tan grande como para dar un respiro a los demócratas y no se debe a la guerra del Irak, sino a la economía renqueante. Pero, sobre todo, ninguno de los nueve demócratas aspirantes a la Oficina Oval, entusiasma al electorado: las últimas encuestas revelan que los dos tercios del país no conoce el nombre de ninguno de ellos.

La guerra está lejos

Aunque en el Congreso lo esperen con los cuchillos afilados, Bush sabe que, contrariamente a lo que ocurre en el resto del mundo, los norteamericanos están en general de acuerdo con la guerra del Irak y creen que tomó la decisión correcta. Las muertes de los soldados, por lamentables y divulgadas que sean, tan solo afectan a los militares de carrera y sus familias. En política interna, no hay parecido alguno con la guerra del Vietnam cuando había servicio militar obligatorio y cualquier universitario, con tiempo para manifestarse y buenas conexiones políticas temía que lo enviasen al delta del Mekong. Hoy, con una fuerza exclusivamente voluntaria, ni la mayoría ni la “minoría influyente” se imagina que las víctimas podrían ser ellos, o alguien de su familia.

Un barómetro del desaliento demócrata lo da su desorientación, que les hace competir entre sí por ponerse cada uno más a la izquierda del otro, donde nunca en este país nadie ganó elección alguna. Es una reacción al despunte del ex gobernador de Vermont Howard Dean, que va por delante en las encuestas de este mes de agosto defendiendo causas tan perdedoras como el matrimonio homosexual y condenando la guerra del Irak. Aunque las encuestas van tan despistadas como los candidatos, porque la más reciente lo pone detrás de Joe Lieberman, candidato a vicepresidente en el 2000 y el único que apoya totalmente a Bush en la cuestión del Irak. Pero no hay motivos para que eche las campanas al vuelo: tan solo tiene el apoyo del 16% de los encuestados.

Quizá la mejor señal de las posibilidades de Bush es Hillary Clinton quien, contrariamente a los rumores de la pasada semana, ha hecho saber de nuevo que no tiene intención de lanzarse al ruedo presidencial. La ex primera dama tendría prácticamente garantizada la nominación, pero su retraimiento parece responder a que no quiere quemar los cartuchos en una elección en que lleve las de perder.

Lo cierto es que, si no hay una catástrofe terrorista en EEUU o una debacle en el Irak, lo único que haría perder las elecciones a Bush sería una economía mala. Algo que los expertos señalan como improbable: por una parte, están los ciclos de expansión y contracción periódicos y ya va llegando a la hora de repuntar. Por la otra, los enormes estímulos coyunturales de recortes de impuestos con el gasto público de la guerra y la defensa anti terrorista, han de surtir efecto y están empezando a hacerlo: el crecimiento pasó del anémico 1% al 3.1% en el último trimestre y algunos economistas predicen incluso niveles del 6 al 7% al acabar este año.

Tan largo me lo fiáis

Estos niveles “clintonianos” son imprescindibles para reducir el paro pues, debido al aumento de productividad, las mejoras no se reflejan en el mercado laboral con crecimientos por debajo del 3.5%. Por mucho que sus rivales hagan hincapié en el récord en el déficit de presupuesto y su efecto en las pensiones, el electorado votará según los tangibles del empleo y del valor de sus carteras en bolsa en vísperas electorales y no según un déficit en las arcas del estado, que se les antoja como una cifra lejana en las páginas de los diarios económicos, ni por las proyecciones de insolvencia en las pensiones dentro de medio siglo.


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