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Juego peligroso

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A medida que pasa el tiempo, los acontecimientos van empujando al presidente Bush hacia donde no querría, pero las opciones que le ofrece Afganistán son una tan mala como la otra.

El asesinato del ministro afgano de Turismo parece haber sido la gota que colmó el vaso de la paciencia de Hamid Karzai, el jefe de gobierno interino en quien los norteamericanos tienen concentradas sus esperanzas. Después de haber reiterado que nunca utilizaría la violencia, acabó pidiendo -y convenciendo- al Pentágono para que ponga sus fuerzas a disposición de su frágil gobierno de Kabul.

Por primera vez, este fin de semana las tropas norteamericanas ya no se limitaron a los objetivos talibanes o Al Qaeda, sino que lanzaron sus armas de precisión contra las “fuerzas enemigas”. No las enemigas de Washington sino de Karzai, lo que ha envuelto al Pentágono en cuestiones internas y le ha puesto al borde de convertirse en parte de una guerra civil, o más bien tribal.

Hay quien ve aquí paralelismos con la Unión Soviética cuando invadió Afganistán en apoyo de una parte, mientras que otros ven el espectro de Somalia donde los soldados norteamericanos murieron ante los aplausos de una población a la que querían proteger de los caciques de turno, pero el caos afgano amenaza seriamente la supervivencia de Karzai y todo el esfuerzo bélico de Washington.

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