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Las razones de Bush para rechazar Kioto

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Tras el desacuerdo recogido en la cumbre de Gotemburgo, los comentarios de la prensa española y europea se maravillan de que el presidente George W. Bush "no quiera" reducir las emisiones de gases contaminantes, motivo por el cual se niega a suscribir los acuerdos de Kioto.

Es, como mínimo, una extraordinaria simplificación. En primer lugar, porque no se trata de Bush. El presidente no ha irrumpido en la política norteamericana rechazando un tratado apoyado por el resto del país, sino que ha constatado la realidad de que no tiene partidarios, como lo demostró el rechazo unánime en el Senado, que votó por 95 a 0 en contra de las condiciones que harían posible el Protocolo de Kioto. El presidente Clinton, que favorecía el tratado y cuyo vicepresidente Al Gore era el paladín de la ecología, renunció a presentarlo para su ratificación.

En segundo lugar, porque Bush no ha dicho jamás que no quiera reducir el efecto invernadero ni las emisiones que pudieran producirlo. Lo que no acepta son las condiciones de Kioto: las exigencias para una reducción fuerte y acelerada impondrían un costo disparatado a la economía norteamericana. No se sabe ni cuándo ni cuánto afectarán las emisiones al medio ambiente, pero sí que se sabe que provocarían en un plazo brevísimo una fuerte recesión que podría arrastrar, además, al resto del mundo en un sistema financiero interdependiente como el de hoy.

En tercer lugar, por la asimetría de Kioto, que no obliga a los países subdesarrollados a reducir sus emisiones, lo que provocaría una huida de capital e industrias norteamericanos a los lugares en que pueden contaminar impunemente. Con ello, no solo arruinarían el principal motor económico del mundo, sino que el total de emisiones no disminuiría porque indios o chinos seguirían contaminando más y mejor.

También hay aquí –en Estados Unidos– una cierta irritación ante las críticas europeas, como el cacareo alemán por haber reducido sus emisiones y el rasgado de vestiduras ante el "despilfarro" americano, sin reconocer que, al absorber a la antigua Alemania de Este, se eliminaron centenares de empresas contaminantes, con el consiguiente retroceso económico en la parte oriental del país.

Ni Bush, ni ningún político norteamericano en su sano juicio, querría ver una contracción económica semejante en Estados Unidos. Sus necesidades energéticas no se pueden comparar a las de una Europa de clima moderado y densamente poblada, sin los huracanes y tornados que cada verano y otoño visitan las costas atlánticas y las planicies centrales, sin las fuertes y frecuentes nevadas y tempestades ni las extremas diferencias de temperatura, que obligan a gastar energía en reconstruir, en calefacción, aire acondicionado y comunicaciones y donde el transporte público no es rentable para un dilatado continente de escasa densidad demográfica.

Diana Molineaux es analista de Libertad Digital en Washington.

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