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Los equilibrios de Bush

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Mientras todo el mundo se pregunta cuando empezarán las operaciones militares en la nueva guerra contra el terrorismo, el presidente Bush trata de mantener el equilibrio entre corrientes opuestas que amenazan tanto la supervivencia de la coalición internacional como el consenso interno que el país acaba de descubrir.

Bush ha de encontrar el término medio entre la necesidad de advertir a la población de que el riesgo de nuevos ataques es todavía muy elevado y el riesgo de provocar un pánico. Ha de compaginar la ayuda a las principales víctimas del atentado, que requiere una masiva inyección de dinero, con las consecuencias presupuestarias que pueden desatar una espiral inflacionaria y
ha de saber infundir confianza de cara al exterior, mostrando el optimismo tradicional norteamericano, sin proyectar la imagen arrogante y prepotente que acompaña a una súperpotencia y que tantos grupos adoctrinados y fanáticos están dispuestos a ver en cualquier acción norteamericana.

Pero quizá el mayor desafío está en los intereses de Israel: no es tan sólo que ha de mantener en la alianza a países árabes irritados por el prolongado conflicto palestino-israelí, sino que también ha de atender al "lobby" judío-americano.

Este grupo, que generalmente vota demócrata y es el principal responsable de la caracterización de Bush como un simple ignorante, ha cesado sus ataques y ha cerrado filas entorno al presidente. Pero la paz puede ser breve si Bush les decepciona y si, como hizo su padre en la guerra contra el Irak, limita también sus objetivos. A Bush-padre nunca le perdonaron que no llegara hasta Bagdad y al hijo le exigen ya que no se limite a los talibanes y Afganistán, sino que aproveche la belicosidad del momento para destruir Irak.

Incluso en estos momentos de gran popularidad para Bush, hay ya fisuras de advertencia entre los grupos neoconservadores que representan a Israel: lamentan que Bush, a pesar de su magnífica gestión, cometa el error de considerar las reivindicaciones palestinas en vez de reforzar más aún al aliado israelí.

Con más de mil millones de musulmanes en el mundo, no parece prudente que Bush incline todavía más la política norteamericana hacia Israel. Pero con el poder judío en Estados Unidos, esta prudencia en las relaciones internacionales puede significar para Bush un suicidio político si el New York Times y Hollywood lanzan contra él toda la furia de sus imágenes y editoriales.

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