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O estás contra Bush, o estoy contra ti

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Dos años después de los ataques terroristas contra Nueva York y el Pentágono, parece como si Osama ben Laden haya dado la vuelta a la famosa frase que el presidente Bush no deja de repetir desde entonces: “O están Vds. con nosotros, o están con los terroristas”. La frase de Bush era una amenaza a los países que no quisieran cooperar en la lucha contra el terrorismo de que tendrían en su contra a los EEUU, pero Ben Laden, o quienes estén al cargo de Al Qaeda, ha girado la amenaza y advierte al mundo entero que es tan peligroso tener como enemigo a los fanáticos del Islam como al gigante americano.
 
Los ataques en Indonesia, Filipinas, Sudán, Arabia Saudita o Turquía, son una prueba de que, ante las dificultades para actuar en Estados Unidos, Al Qaeda y sus acólitos matan donde pueden. También son un intento de aislar a Washington de sus amigos, advirtiéndoles que  pueden ser blanco de las iras mahometanas en cualquier momento. 
 
El Irak, concretamente, es una muestra clara de la estrategia: los terroristas atacan a las instituciones internacionales que están menos protegidas que las tropas norteamericanas y consiguen que se marchen, como han hecho la ONU y la Cruz Roja. El paso siguiente es matar a los iraquíes que trabajan en la reconstrucción del país, porque eso es colaborar con Estados Unidos. Ben Laden no tiene ya el santuario y los campos de entrenamiento de Afganistán, pero el cáncer que su movimiento representó había crecido ya demasiado cuando George Bush destruyó el régimen talibán y las metástasis irrumpen por el mundo entero.
 
Las franquicias del terror
Aquí en Estados Unidos, los expertos en contraespionaje señalan que el éxito en desbaratar Al Qaeda y anular o eliminar a sus principales líderes ha tenido la secuela negativa de poner en órbita a multitud de  pequeños grupos independientes, difíciles de detectar y que pueden multiplicarse a gran velocidad. La organización de Al Qaeda puede haber desaparecido o quedado muy menguada, pero no sus ideas, especialmente la principal, que es el odio a todo lo relacionado con Estados Unidos. Y material para odiar tienen mucho, pues socios, amigos o beneficiarios de Washington, los hay en todas partes.
 
Las estimaciones son que por Afganistán pasaron unos 20.000 “estudiantes” del terror que multiplican como la hidra sus enseñanzas para fabricar explosivos, “inmolarse” en camiones bomba, divulgar el odio a América y convencer a masas ignorantes que Alá es un dios con letra pequeña, cuyo nombre no invoca ya al “más misericordioso y compasivo”, sino a un señor de la venganza, que premia las masacres y convierte en mártires a los asesinos. A la hora de sembrar, encuentran un terreno fértil en las masas sin trabajo del mundo islámico, en el descontento de millones de palestinos sin país ni futuro y en la solidaridad árabe para los desplazados por Israel, de cuyo poderío militar responsabilizan a su aliado norteamericano.
 
Aunque los únicos objetivos fáciles que Estados Unidos ofrece ahora son sus soldados en Irak y Afganistán, la campaña terrorista aflige prácticamente a todos los norteamericanos, pues tiene una consecuencia práctica inmediata en la inquietud de los mercados bursátiles, reflejada en las fuertes oscilaciones después de ataques como los de Turquía. Y con el asalto a los bolsillos, disminuyen también las posibilidades de reelección de George Bush, quien empezaba a ver el cielo abierto ante las buenas cifras de recuperación económica con las que esperaba compensar la creciente insatisfacción popular por las constantes y crecientes bajas en el Irak.
 

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