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Renacer de las cenizas

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Después de diez días de tribulaciones en torno a las 16 palabras de su discurso del Estado de la Unión refiriéndose a datos de inteligencia falsificados, el presidente Bush renació de las cenizas de Mosul, donde los cuerpos calcinados de Uday y Qusai Hussein fueron la primera noticia positiva que la Casa Blanca tiene para distraer la atención de las dificultades de esta etapa de post-guerra.

Cierto que los demócratas siguieron refiriéndose al discurso de enero y a los continuados problemas en el Irak, pero sus discursos preparados antes de conocerse la muerte de los dos hijos de Sadam Husein se quedaron anticuados de inmediato.

Incluso el ex presidente Clinton, con los ojos probablemente más puestos en la futura candidatura de su esposa Hillary que en la de sus correligionarios demócratas, salió en defensa de Bush, justificó sus acusaciones contra Irak y coincidió en su júbilo por la eliminación de los cachorros Hussein.

El apoyo de Bill Clinton, un hombre cuyo olfato político esta por encima de cualquier duda, es probablemente la mejor indicación de que la operación de Mosul hará superar a Bush el bajón en las encuestas: Hillary no ve posibilidades de ganar a Bush en las próximas elecciones y tampoco tiene deseo alguno de ayudar a ningún demócrata a que lo consiga; en el año 2008, le sería muy difícil ganar la candidatura demócrata si ha de luchar contra un presidente de su mismo partido.

Para Bush, el que sus soldados descubriesen el escondite de los Uday y Qusay le sirve para demostrar que el Pentágono puede funcionar en un medio tan hostil como Irak y le permite pedir a los norteamericanos que tengan paciencia hasta que también caiga el as de espadas y la situación empiece a normalizarse.

Nadie podría esperar que después de haber destruido una dictadura que aterrorizó a la población durante décadas, en un país sin tradiciones democráticas y con una economía arruinada, se vuelva a la normalidad en cuestión de meses. Pero los periodistas venden mejor el sensacionalismo que el sentido común, los políticos aprovechan cualquier oportunidad y el público tiene poca paciencia. Tampoco se recuerda la época que siguió a la Segunda Guerra Mundial, cuando la delincuencia imperaba en las calles alemanas, ni comprende las diferencias entre la post guerra del Irak y la de un Japón, obediente a las órdenes de un emperador que se rindió ante MacArthur.

Y en esta política guiada por impulsos populares, Bush espera compensar la desconfianza reciente causada por las bajas entre las fuerzas norteamericanas y la desorientación de la Casa Blanca ante los ataques por su discurso, con el euforia por la operación de Mosul. Probablemente, una cosa no tiene nada que ver con la otra, como dicen los demócratas. Pero es improbable que alguien les haga caso.


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