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Sharón, un amigo difícil

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La retirada israelí de dos ciudades de la Cisjordania no ha servido para compensar la impresión que el presidente Bush se ha ido formando en las últimas semanas, de lo difícil que puede ser para un presidente norteamericano mantener una buena amistad con el jefe de un gobierno israelí que responde mucho más a los resultados de las encuestas de opinión que a las peticiones de su principal aliado.

No se trata de la opinión pública israelí, sino de la norteamericana que, para el gobierno de Jerusalén, pesa mucho más que la Casa Blanca. Los dirigentes israelíes saben que habrá fuertes presiones sobre los presidentes de Estados Unidos en favor de Israel porque los votantes y legisladores consideran que es preciso defender al estado judío.

En estos momentos, las encuestas indican que los dos tercios del pueblo norteamericano justifica las acciones de Sharon en los territorios palestinos como actos de legítima defensa y, si bien en la misma proporción creen que los tanques y soldados israelíes provocarán todavía más terrorismo, cualquier presidente norteamericano es vulnerable si no demuestra un fuerte apoyo por Israel.

Para Bush es irritante ver como Sharon no tiene miramientos ni por los intereses internacionales del país que garantiza su supervivencia, ni por las necesidades políticas de un presidente que se ha declarado mucho más amigo de él que sus predecesores.

Pero los últimos acontecimientos le han echado a Bush un chaleco salvavidas que podría mermar la influencia de Sharon y distanciar a ambos dirigentes: por una parte, las encuestas indican que Bush sigue gozando de una popularidad superior al 80%, que compensa el apoyo popular por Israel. Por la otra, la intransigencia israelí hace casi imposible mantener la alianza norteamericana con países árabes como Egipto, Jordania, Marruecos o Arabia Saudí.

Esto último es mucho más preocupante para Sharon, porque los judíos norteamericanos quieren una nueva guerra contra Irak y están convencidos de que tan sólo es posible con el apoyo de los países árabes moderados. En estas circunstancias, serían precisamente los grupos en que Sharon se apoya quienes le leerían la cartilla y esto, no solo tendría consecuencias en sus relaciones con Washington, sino en su futuro como jefe de gobierno israelí.

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