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Un debate incómodo

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Con mucho retraso, el Congreso de Estados Unidos se prepara a debatir la petición del presidente Bush para ir a la guerra contra Irak, un debate que genera poco apetito en el Capitolio y mucha preocupación en la Casa Blanca.

En realidad, los líderes demócratas querían evitarlo y estaban dispuestos a aprobar cualquier cosa para sacarse el problema de encima y dedicarse a la campaña para las elecciones del 5 de noviembre: la guerra y la seguridad nacional son cuestiones que favorecen al presidente y, de rebote, a sus correligionarios republicanos.

Aunque el paro y la debilidad económica permiten a los demócratas ganar puntos acusando al ocupante de la Casa Blanca, el presidente Bush tampoco quiere un debate dilatado, por el riesgo creciente de que aumente la resistencia a las propuestas de Bush quien perdería, por una parte, capacidad de maniobra y, por la otra, prestigio político.

La preocupación está justificada porque la resistencia empieza a aparecer también entre los republicanos, donde el numero dos de la comisión de relaciones exteriores, el senador Richard Lugar, advierte que un ataque contra Irak tendría consecuencias negativas para toda la política de EEUU en el Próximo Oriente.

Lo ocurrido esta última semana es una prueba de la democracia en acción: los congresistas demócratas, atendiendo la preocupación de sus distritos, se rebelaron contra los líderes de su partido, aprovechando la oportunidad que les brindaba el ex vicepresidente Al Gore, el primero en oponerse abiertamente a una guerra rápida contra Irak.

Gore dio así cobertura política a los congresistas que temen enfrentarse a un presidente tan popular como Bush, pero reflejan la desazón de sus distritos electorales ante una guerra apresurada.

El viernes, el senador Ted Kennedy articuló claramente los términos del debate que empezará esta semana, muy a pesar de los líderes demócratas, que ven esfumarse su mejor oportunidad de desviar la atención popular hacia la economía y así recuperar la Cámara de Representantes perdida en 1994.

La Casa Blanca, que esperaba tener la resolución aprobada en un par de días, reconoce ahora que es improbable concluir el debate en esta semana, lo que influye negativamente sobre las Naciones Unidas donde tiene pendiente otra resolución, pero no descarta el apoyo rápido del propio Saddam, quien puede servir en bandeja un pretexto a Bush, con un nuevo desplante a la ONU.

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