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Una convivencia difícil

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La policía de Cincinnati tal vez consiga mantener la paz restablecida por el toque de queda, pero será frágil a causa de las tensiones tan inevitables en esa ciudad como en tantas otras con elevados porcentajes de población negra. Los líderes negros, con el apoyo de las organizaciones de derechos cívicos, no paran de quejarse por la práctica policial de establecer un "perfil racial" que identifica a los negros como posibles delincuentes.

También lo critica el Gobierno a diversos niveles, pero los intentos por eliminarlo se enfrentan a la realidad del gran número de delincuentes negros. Los lugares en que se elimina este "perfil", el comportamiento de la policía se vuelve tan defensivo que cualquier contacto es de una extraordinaria agresividad: los policías no desean morir y se protegen ante el riesgo de encontrarse con personas armadas.

Cuando todos los ciudadanos son posibles delincuentes por igual, pasarse un semáforo o conducir a velocidad excesiva puede convertirse en un encuentro grotesco con la policía: los ocupantes no pueden ni abrir la puerta del coche, la policía rodea el automóvil antes de acercarse y está en contacto con su central hasta convencerse de que el chófer es simplemente un ciudadano despistado o con demasiada prisa.

La situación tiene difícil remedio. Es innegable que hay un prejuicio contra los negros que, si bien en su mayoría respetan la ley, tienen un número desproporcionado de delincuentes. Muchos son detenidos, registrados o perseguidos, simplemente porque son negros y la policía sospecha de ellos ante cualquier movimiento brusco o gesto que pudiera apreciarse como el de empuñar un arma.

Por otra parte, en un país de mayoría blanca, es natural que haya más policías blancos que negros y, en consecuencia, muchas detenciones o persecuciones sean de agentes blancos contra delincuentes o sospechosos negros. El conflicto está así prácticamente garantizado, pero lo azuzan aún más algunos líderes negros que inflaman el resentimiento y acusan de racismo a quienes simplemente tratan de salvar la vida. Incluso el predicador negro Jesse Jackson, en su época moderada, decía que si alguien iba detrás suyo por un callejón oscuro, le tranquilizaba ver que era un blanco.

A pesar de todos los esfuerzos integradores, las sacudidas de violencia serán tan inevitables como los pingües beneficios de los abogados que consiguen millones por defender a las víctimas del racismo, reales en unos casos y figuradas en otros.


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