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Los accidentes infantiles fuera del hogar

En los accidentes de tráfico con daño para los ocupantes del vehículo siniestrado, los niños siempre se llevan la peor parte y ésta constituye una de las principales causas de mortalidad infantil en nuestros días.

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Nos había quedado pendiente un capítulo dentro de los accidentes en la infancia, aquellos que suceden fuera del hogar. Aunque son muchos los riesgos que aguardan al niño y al adolescente en cuanto sale de la casa, son los derivados del tráfico los que hoy ocupan el lugar preeminente entre las causas de accidentes a estas edades.

Podemos hablar de tres situaciones en el curso de las cuales surge el hecho violento, prácticamente siempre traumático: el niño como peatón, como viajero de un medio de transporte y como conductor de vehículo.

El niño es un peatón peligrosísimo tanto para él mismo como para los automovilistas que ven de pronto cómo entre dos coches aparcados surge la figura de un niño corriendo tras una pelota o dispuesto a cruzar la calle cuando y por donde le viene en gana. Cuando van solos o en compañía de otros chiquillos las normas de tráfico parecen no existir para ellos.

Las salidas de los colegios se convierten a determinadas horas del día en verdaderos puntos negros del callejero urbano y harán bien los conductores en eludirlos o en extremar las precauciones al aproximarse a su altura, no siempre bien señalizados, por cierto.

Las normas de tráfico tanto para peatones como para conductores son un convencionalismo social que debe ser por tanto enseñado y aprendido. Los encargados de su enseñanza son en primer lugar los padres con la explicación a sus hijos de las reglas elementales y, desde luego como siempre, con su propio ejemplo de comportamiento.

En segundo lugar los centros escolares deberían impartir este tipo de enseñanza dentro de su horario lectivo como parte fundamental de su labor docente. Y en tercer lugar, las instituciones oficiales como Jefaturas de Tráfico, Policía Municipal o Guardia Civil podrían promover campañas educativas por sus miembros entre los niños de la comunidad, haciendo ameno y accesible el aprendizaje con charlas en colegios o Ayuntamientos.

En los accidentes de tráfico con daño para los ocupantes del vehículo siniestrado, los niños siempre se llevan la peor parte y ésta constituye una de las principales causas de mortalidad infantil en nuestros días.

Los niños menores de doce años no deben viajar nunca en el asiento delantero, ni siquiera sobre las piernas de un adulto. En los asientos posteriores es obligatoria la instalación y el uso de cinturones de seguridad y los niños más pequeños irán sentados en sillones especiales para su edad. Durante los trayectos largos se procurará que los niños pequeños vayan dormidos o se les proporcionará algún entretenimiento por los adultos que los acompañen, pero jamás por el conductor al que se debe procurar por todos los medios que no molesten o distraigan.

Se harán frecuentes paradas en el recorrido que permitan el descanso y la distracción de los niños mayorcitos, pues su aburrimiento dentro del vehículo suele traducirse en mal comportamiento.

Los niños utilizan para sus juegos o actividades deportivas algunos vehículos más o menos rudimentarios como patines o bicicletas que comportan un riesgo añadido, tanto por ser ocasión de caídas como porque los usan en la calzada compitiendo con el resto de los vehículos que transitan por allí.

Es fundamental instruir a los pequeños en que la utilización por la vía pública de tales artilugios lleva consigo el acomodarse al código de la circulación, sobre todo en lo que se refiere a los cruces de calles.

Mayor importancia reviste el cada vez más frecuente acceso de los adolescentes a vehículos de motor. Cualquier estadística sobre víctimas de accidentes de tráfico arroja siempre una cifra sobrecogedora entre estas edades. Una motocicleta, por pequeña cilindrada y potencia que tenga, aumenta la violencia de cualquier impacto hasta el punto de provocar gravísimas lesiones y hasta la muerte.

La adolescencia es un período de la vida especialmente conflictivo en que el sujeto inicia el establecimiento de sus futuros patrones de conducta en abierto choque con los de sus mayores.

La rebeldía del adolescente se une a sus primeros escarceos amorosos que, al igual que en otras especies zoológicas, en el ser humano se acompañan de un cierto "exhibicionismo" por parte de ambos sexos: demostración de "valor", "intrepidez", superioridad sobre los posibles rivales, etc.

Estos factores, añadidos al uso siempre arriesgado de un vehículo, conforman una mezcla de elevada peligrosidad, a la que hay que sumar en algunos el inicio también a estas edades del acceso a las bebidas alcohólicas.

José Ignacio de Arana Amurrio, es pediatra y doctor en Medicina por la Universidad Complutense de Madrid.

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