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EDITORIAL

¿A qué juega Casado?

El desconcierto popular será bueno para Vox pero no para el propio PP ni para una España que necesita la unión de esos dos partidos para acabar con el social-comunismo.

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Si se tiene presente que, por culpa de la bochornosa abstención del PP, la izquierda y los promarroquíes lograron declarar persona non grata en Ceuta a Santiago Abascal –líder de la formación más votada en la ciudad autónoma en las últimas elecciones generales–, cuesta interpretar las tardías y nada concretas declaraciones del líder del PP nacional, Pablo Casado, acerca de que su partido "nunca ha demonizado a ningún político democrático". ¿Qué quiere decir esto? ¿Que Casado no considera al líder de Vox un "político democrático", razón por la que el PP no se ha opuesto a que lo demonicen en Ceuta? ¿O significa, por el contrario, que Casado sí considera a Abascal un político democrático... pese a que la abstención de su partido fue lo que permitió a la izquierda y a los promarroquíes sacar adelante su indigna fechoría?

En este último caso, Casado tiene una oportunidad de oro para aclarar tanto sus incomprensibles palabras como la suicida y bochornosa postura del PP ceutí gracias a la templanza y sentido de la responsabilidad de Vox, que ha propuesto a los populares revocar la injusta y calumniosa declaración, algo que el PP no puede dejar de apoyar si verdaderamente no es partidario de demonizar a "ningún político democrático".

Sea como fuere, tanta estupidez y vileza por parte del PP hacia Vox empieza a resultar sospechosa, hasta el punto de que cabe preguntarse si el maltrato popular a su socio natural, que le permite gobernar en multitud de lugares, empezando por Madrid –ciudad y comunidad–, no obedece a una fijación personal de Casado para con su antiguo compañero y amigo Abascal. Lo que, desde luego, resulta tan inadmisible como incomprensible es que, por acción u omisión, el PP permita que se demonice a un partido liberal-conservador con una corta pero impecable trayectoria en defensa de la democracia, de la Constitución y de la Nación y sin cuyo apoyo ni una sola encuesta pronostica que Casado sea capaz de alcanzar la Moncloa... a menos que cuente para ello con la abstención del PSOE.

¿Qué es, pues, lo que se trae entre manos Casado? ¿No se da cuenta de que, por ejemplo, su hosco distanciamiento de Abascal y Vox impide a numerosos exvotantes del PP que se vienen decantando por Vox volver a confiar en su partido? ¿No se da cuenta de que su actitud no sólo debilita al PP sino que dificulta sus propias posibilidades de llegar al Gobierno? ¿Considera que los votantes de Vox van a ver con buenos ojos que el PP trate al partido de Abascal como un felpudo, como una muleta que tiene que brindar un respaldo incondicional al PP, por mucho que lo ningunee o permita que se le denigre? ¿No comprende que su indefinición, sus complejos y su tibieza son, junto a la memoria de la infausta etapa de Rajoy, un activo principal de Vox, al margen de las virtudes propias del partido verde y de sus dirigentes, empezando por Abascal?

Este desconcierto popular será bueno electoralmente para Vox pero no lo será en absoluto para el propio PP ni para una España que necesita la unión de esos dos partidos en una alternativa liberal-conservadora que se presente como baluarte de la unidad nacional y el orden constitucional frente a los desmanes de la banda de Pedro Sanchez. Casado no está contribuyendo a ello sino todo lo contrario. A tiempo está de rectificar; y el primer paso lo debería dar en Ceuta.

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