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EDITORIAL

Aguilar y el barco que se hunde

Cambiar de bancada perdiendo poder en el camino suponer poner los principios por encima de las siglas. Hacerlo para arrimarse al sol que más calienta da toda la impresión de aprovecharse de unos principios para hacer carrera.

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Lo increíble podría suceder. Las palabras y actitudes de Cayo Lara desde el momento en que fue elegido coordinador general de Izquierda Unida hasta hoy nos dan la impresión de que podría hacer bueno incluso a su predecesor inmediato, Gaspar Llamazares. La capacidad de los líderes de la extrema izquierda española ha ido descendiendo paulatinamente desde que Anguita abandonara la jefatura de IU y da la impresión de que podría seguir cayendo hasta que la formación se disuelva o se convierta en una fuerza irrelevante.

Es posible que Rosa Aguilar, viendo que la situación de los suyos no parece tener ya remedio, haya decidido irse de un partido que poco tiene que ver con aquel que dirigiera Julio Anguita, ya sea por motivos ideológicos o, más probablemente, por cuidar su propio futuro político. En cualquier caso, su marcha de la alcaldía para sumarse a un Gobierno autonómico de otro partido supone una clara traición a sus votantes y una merma considerable para su imagen de política diferente que se había labrado estos años.

Es en general censurable, al margen de las siglas, esa costumbre de abandonar la jefatura de un Gobierno para acceder a destinos algo más elevados, no tanto por el que se va como por el que lo sustituye. Nadie votó en Andalucía por tener a Griñán al frente del Ejecutivo autonómico, como tampoco antes se votó por Barreda o Herrera. Y aunque es sabido que formalmente lo que se elige son diputados, y por tanto estos cambios de presidente son perfectamente legales, sólo quien quiera engañarse o engañar a otros puede decir que los ciudadanos votan otra cosa que al cabeza de lista.

Dado que la democracia es, por encima de todo, un modo de cambiar de gobierno periódicamente sin violencia, cabe poner objeciones al abuso que representa llegar al poder sin ser elegido para aprovecharse de todos los resortes del mismo (especialmente la televisión pública) y así partir de una mejor posición en unas futuras elecciones. No es, desde luego, la mejor manera de promocionar el cambio. No obstante, al margen de las siglas, no parece que ningún partido tenga intención de modificar este fraude a los ciudadanos, porque todos se benefician de él en un momento u otro.

No cabe duda de que el objetivo de este fichaje es intentar beneficiarse de la buena imagen que tiene Rosa Aguilar. Sus críticas a Madrazo y el recuerdo de la época de Anguita que evocaba la cordobesa la habían convertido seguramente en la figura más valorada de IU fuera de su partido. El problema es que un cambio de esta naturaleza no ha hecho mucho bien a esa imagen. Cambiar de bancada perdiendo poder en el camino suponer poner los principios por encima de las siglas. Hacerlo para arrimarse al sol que más calienta da toda la impresión de aprovecharse de unos principios para hacer carrera.

Además, las formas con que se ha marchado la hasta ahora alcaldesa de Córdoba han sido lamentables. Lo mínimo cuando uno se va de cualquier sitio, especialmente si lo hace para trabajar para la competencia más directa, es comunicarlo primero a quienes se deja. Y lo que ha hecho Rosa Aguilar es dejar un mensaje a Cayo Lara cuando la noticia ya había aparecido en todos los telediarios.

Pocos habrán quemado en tan poco tiempo un capital político amasado durante tantos años como ha hecho Rosa Aguilar con esta decisión. Posiblemente la considere provechosa para su futuro. No debería ser optimista. Es tradición que los comunistas que ingresan en el PSOE disfruten de una legislatura de gloria para luego ser despreciados. Que pregunte a Cristina Almeida o López Garrido.


 

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