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EDITORIAL

Alarma: otro mes sometidos al caudillo Sánchez

Sus pretensiones son un abuso intolerable que suscita un fuerte rechazo social, como se constata cada vez más rotundamente en balcones y calles de toda España.

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El mitin que Pedro Sánchez asestó a los telespectadores el pasado sábado sirvió para que se confirmaran los peores presagios: en efecto, el insoportable presidente socialista dejó claro que tiene toda la intención de seguir despojando a la ciudadanía de sus derechos fundamentales con la excusa de la pandemia del covid-19, en cuya expansión tiene una responsabilidad tremenda.

El tiránico Sánchez anunció que pretende prorrogar el injustificable estado de alarma un mes más, a pesar de que el artículo 116 de la Constitución, que regula esta situación de excepcionalidad, establece que la vigencia del mismo, así como sus prórrogas, es de 15 días como máximo. No tiene escrúpulos ni el menor respeto por la legalidad, y así lo está dejando escandalosamente de manifiesto en esta crisis formidable.

Las pretensiones de Sánchez son un abuso intolerable que suscita un fuerte rechazo social, como se constata cada vez más rotundamente en balcones y calles de toda España, por mucho que pretenda lo contrario el Gobierno social-comunista y la canalla mediática que le rinde pleitesía, prostituyendo la profesión periodística. El Ejecutivo de Sánchez y su semejante Iglesias sigue atropellando los derechos de la ciudadanía y eludiendo la acción del Parlamento gracias al apoyo de los partidos separatistas y de Inés Arrimadas, ex gran esperanza de la política nacional devenida marioneta de un Sánchez que la utiliza en provecho propio sin dejar de despreciarla.

El caudillo socialista prefiere ponerse en manos de los golpistas catalanes, de los herederos de ETA y del Partido de las Nueces y los Vertederos (PNV) y entregarles Cataluña y el País Vasco, mientras se ensaña con una Comunidad de Madrid que no hace más que dejarle en evidencia y que debería volcarse en la judicialización de la desescalada, para que quienes toman decisiones tan radicalmente arbitrarias e injustas no se vayan de rositas y asuman de una maldita vez las consecuencias de los estragos que están provocando.

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