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EDITORIAL

Álvarez-Cascos, enésima víctima del nuevo PP de Rajoy

Se confirma que cuando Rajoy invitó en Elche a los conservadores y liberales a abandonar el Partido Popular hablaba completamente en serio. Que le pregunten a Cascos.

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La decisión de Alvarez-Cascos de abandonar el Partido Popular tras más de tres décadas de militancia y habiendo desempeñado cargos institucionales del mayor relieve, no es una anécdota que pueda imputarse únicamente al interesado por el despecho de no haber sido designado para encabezar las listas autonómicas de su partido en Asturias.

Francisco Alvarez-Cascos ha sido secretario general del Partido Popular durante seis años, como uno de los principales hombres de confianza del José María Aznar que tuvo que llevar a cabo la comprometida misión de reformar la formación tras el histórico congreso de Sevilla en 1990. Seis años más tarde, el PP llegaba al poder en España por primera vez en su historia, lo que demuestra que la gestión interna llevada a cabo por los responsables designados por Aznar, con Álvarez-Cascos en primera fila, no fue en absoluto desacertada.

El político asturiano desempeñó ya en el Gobierno diversos puestos de responsabilidad, incluida la vicepresidencia durante la primera legislatura de Aznar, en un periodo en que los estertores finales de un felipismo descabezado hicieron que un sector importante de la prensa de izquierdas le pusiera en el ojo de mira con campañas que aún hoy aterrorizarían a muchos centro-reformistas de última hora, siempre dispuestos a llevarse bien con el adversario en lugar de defender a los militantes y votantes como habitualmente hacía Álvarez-Cascos, lo que le llevó a pagar un precio elevado en términos políticos, profesionales y también personales.

Sólo por esta biografía, jalonada de servicios a un partido y a un país, Francisco Álvarez-Cascos merece el respeto que los dirigentes actuales de ese mismo partido han decidido negarle. No sólo eso: manifestada su voluntad de postularse para encabezar las listas del partido en Asturias, como una parte notable de la militancia le pedía, la dirección nacional del Partido Popular ha permitido que se desate en su contra una campaña furibunda sin hacer cumplir las previsiones estatutarias destinadas a zanjar el juego sucio dentro de ese partido, como el propio interesado denuncia en su carta de dimisión.

El pánico de Rajoy a la confrontación interna para debatir ideas, su rechazo a cualquier figura en el partido que represente principios identificados con el conservadurismo y su empeño en mantener un absurdo perfil bajo a pesar de los resultados más que halagüeños de todas las encuestas, han pesado más que su deber de actuar con ecuanimidad para que en las listas territoriales se imponga el candidato que aúne el mayor apoyo.

La idoneidad de Álvarez-Cascos para liderar la opción del PP en Asturias es, como todo en política, opinable. Sin embargo, la figura del asturiano merecía no desaparecer de una forma tan lamentable. En todo caso, se confirma que cuando Rajoy invitó en Elche a los conservadores y liberales a abandonar el Partido Popular hablaba completamente en serio. De hecho, él mismo está dispuesto a darles un empujón hacia la puerta. Que le pregunten a Cascos.


 

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