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EDITORIAL

Bienvenido Munilla, hasta siempre Uriarte

El desafío de José Ignacio Munilla, un obispo joven y de esta época es devolver al obispado de San Sebastian la dignidad y el prestigio que perdió cuando cayó en manos de religiosos metidos en política como Setién y Uriarte

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De nada ha servido que monseñor Munilla, recién nombrado obispo de San Sebastián por Benedicto XVI, sea natural del barrio donostiarra de Intxaurrondo y hable un vascuence fluido. De nada ha servido la buena voluntad del hasta ahora obispo de Palencia, ni sus muchos méritos pastorales e intelectuales en defensa de la fe. De nada ha servido la treintena de obispos presentes y la aclamación cerrada que, en la catedral del Buen Pastor, le dedicó el pueblo de San Sebastián este domingo, día en que tomó posesión de la diócesis.

La campaña desatada contra el sucesor de Uriarte sigue puntualmente su curso. El lamentable espectáculo que buena parte del clero guipuzcoano ha dado en los últimos meses, culminó ayer con la dimisión en pleno de la curia que acompañó al anterior obispo. La espantada, que ha querido disfrazarse desde el obispado como algo normal, marca el fin violento de una etapa ya periclitada y perfectamente olvidable de la iglesia vasca. Lo que empezó con una carta abierta en la que unos párrocos rechazaban de plano la elección de Munilla por la oposición de éste al nacionalismo, ha terminado con una rebelión interna que, consumido este cartucho, se queda ya en nada.

Porque lo cierto es que, una vez el obispado libre de los hombres de Uriarte, puede gobernar Munilla la diócesis con absoluta libertad y sin miedo a sabotajes efectuados desde el interior. Una oportunidad de oro que el nuevo obispo easonense debe aprovechar para imprimir un nuevo rumbo a la iglesia de esta parte de España, tan castigada por un nacionalismo aldeano y etnicista que de cristiano tiene poco y de pagano, mucho.  

Con Munilla se cierran treinta años de dominio nacionalista en la sede obispal donostiarra. Primero Setién, que mantuvo el báculo y la mitra durante 21 años, y luego su pupilo Uriarte, que perseveró en todos los vicios del primero. El resultado es devastador. La iglesia vasca ha perdido fieles y se ha convertido, las más de las veces con razón, en el blanco de las iras de muchos que la ven como parte fundamental del entramado nacionalista vasco. Lejos de predicar la concordia y el diálogo, se ha alineado en ocasiones con posturas muy cercanas al nacionalismo radical, vecino de la ETA y su barbarie asesina.

El desafío de José Ignacio Munilla, un obispo joven y de esta época, es, por lo tanto, doble. Por un lado desarrollar eficazmente su labor pastoral y evangélica como cualquier otro obispo de la cristiandad en estos tiempos de laicismo oficial y cristofobia instalada en el poder; por otro, devolver al obispado de San Sebastian la dignidad y el prestigio que perdió cuando cayó en manos de religiosos metidos en política como Setién y Uriarte. De su éxito dependerá el futuro de una diócesis que, en otros tiempos, evangelizó medio mundo.


 

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