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EDITORIAL

Blanco, el piquetero número uno

Si ayer fue un duro patrón, hoy es el primero y más eficaz de los piqueteros, pues este acuerdo obligará a muchos trabajadores a convertirse en huelguistas involuntarios. Y en ambos casos porque le convenía al PSOE.

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Los ciudadanos se enfrentan el próximo miércoles 29 de septiembre a un duro dilema. Casi todos tenemos en mente un buen número de nombres como responsables de la dura crisis en la que estamos inmersos; una lista que encabeza José Luis Rodríguez Zapatero y en la que destacan en un lugar prominente los sindicatos de clase, CCOO y UGT, que llevan literalmente comiendo de su mano durante toda la legislatura. Ante la convocatoria de huelga, parece que haya que elegir entre Satanás y Belcebú: si se hace, se está con los sindicatos; si no, con Zapatero.

Pese a las apariencias, éste es un falso dilema que está dejando claro el comportamiento tanto de unos como de otros. Los sindicatos se juegan mucho y tienen que hacer un difícil equilibrio. No quieren dañar al Gobierno que tanto ha hecho por ellos, pero deben hacer algo si no quieren caer aún más en el descrédito. Pusieron la excusa de que el Gobierno tomaba medidas sociales para no hacer nada frente a la sangría del empleo, así que cuando Bruselas obligó a Zapatero a aparentar que tomaba medidas no les quedó otra que hacer el paripé. De modo que van a la huelga –eso sí, meses después de que Zapatero anunciara sus reformas de chichinabo–, se movilizan, pero criticando lo mínimo posible al Gobierno. Lo demuestran, más allá de toda duda razonable, los ya famosos vídeos de UGT y Chiquilicuatre.

Por su parte, al PSOE no le interesa perder a un aliado que tan fiel se ha mostrado a su billetera y su ideología trasnochada, al que necesita tanto en el Gobierno como en la oposición para desplegar su demagogia izquierdista. Mientras pueda venderse la huelga como una protesta contra la crisis, como están haciendo los sindicatos, bien está. Al fin y al cabo, como demostró Aznar en 2002, las huelgas no se ganan o se pierden sólo en las cifras de participación, sino sobre todo en lo que hacen sus actores principales después de la misma. De ahí las alabanzas de Pajín a los liberados, el "respeto profundo" de Zapatero a la movilización y, en último término, los ridículamente bajos servicios mínimos pactados por Blanco.

La razón por la que nunca habían podido pactarse servicios mínimos en anteriores huelgas generales es porque los sindicatos siempre consideran su derecho a la huelga mucho más importante que el derecho del resto de los ciudadanos a contar con unos servicios públicos esenciales. Especialmente en el transporte porque, como se demostró en Madrid este verano, para paralizar una gran ciudad basta con impedir que circulen trenes y autobuses. Y si no se puede llegar al trabajo, no se trabaja. De ahí que los gobiernos, que es contra quienes se habían organizado las huelgas generales hasta ahora, hayan querido siempre que se mantuvieran unos mínimos suficientes para que la huelga tuviera una oportunidad para fracasar.

En este caso, los mínimos pactados por Blanco son ridículamente bajos. En una huelga que la mayor parte de la ciudadanía no parece dispuesta a seguir no es razonable que circule menos de un tercio de los trenes. El mismo ministro que se mostró firme frente a los controladores, y al que alabamos por ello en su momento, ha optado por mostrarse pusilánime esta vez. Lo cierto es que en ninguna de las dos ocasiones sus decisiones se han basado en la responsabilidad, sino en un mero cálculo político. Si ayer fue un duro patrón, hoy es el primero y más eficaz de los piqueteros, pues este acuerdo obligará a muchos trabajadores a convertirse en huelguistas involuntarios. Y en ambos casos porque le convenía al PSOE. Pese a las apariencias, sigue siendo tan mal ministro como buen apparatchik.


 

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