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EDITORIAL

Cataluña, campaña al rojo vivo

Salga lo que salga el próximo domingo, Cataluña no volverá a ser la misma. El Estatuto la ha partido en dos, ha sacado lo peor de su clase dirigente y ha condenado a la proscripción definitiva a todos los que se oponían a los designios nacionalistas

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Al cierre de esta edición un militante de Ciudadanos de Cataluña era trasladado al Hospital Clínico de Barcelona tras ser golpeado con un casco de motocicleta por un catalanista radical. Es el último episodio de una campaña que se ha caracterizado por el matonismo político y la crispación, por la violencia cainita y los insultos. Animados por la inoperancia policial y azuzados por la irresponsabilidad de los partidos de nacionalistas y de izquierda, un número indeterminado de grupos especializados en la intimidación y la amenaza se ha hecho dueño de Cataluña. Desde la semana pasada no ha habido día sin disturbios, algaradas y contramanifestaciones al más puro estilo batasuno.

Nada de esto hubiese sido posible sin el concurso del Partido Socialista, que dio el pistoletazo de salida a la campaña con una propaganda electoral que era cualquier cosa menos un reclamo para que los ciudadanos votasen sí al Estatuto. “El PP utilizará tu voto contra Cataluña” rezaba –y reza- la publicidad socialista. Un extracto químicamente puro de revanchismo y odio que lanzaba el guante para que los más radicales hiciesen diana con el PP, como si de un muñeco del pim-pam-pum se tratase. Ese sólo fue el principio, los escupitajos, las carreras, las recriminaciones a gritos y las banderas quemadas vendrían después.

Nadie en Cataluña se ha hecho responsable de la situación. Todo lo contrario, los políticos de CiU, ERC y PSOE han formado una piña para culpar al PP y Ciudadanos de los tumultos en las puertas de sus mítines. Tanta bajeza política, tanta ruindad no se había visto nunca antes en una campaña electoral catalana. Es difícil precisar quien ha ejecutado las amenazas y las agresiones, mayormente porque el social-nacionalismo catalán dispone de infinidad de organizaciones pantalla en forma de colectivos, asociaciones juveniles, plataformas y movimientos presuntamente espontáneos. No lo es tanto, sin embargo, señalar a los inspiradores del desastre, a los que encendieron la mecha y mantienen el hogar encendido.

Detrás de esta infamia se encuentra la delegación catalana del PSOE, la que regenta José Montilla a dúo con Pasqual Maragall. Junto a ellos, los políticos del nacionalismo “moderado” y los del nacionalismo irredento han puesto su granito de arena, su pizquita de odio, su sonrisa cómplice. ¿Quién sino gritó a voz en cuello la fatwa contra el Partido Popular y todo el que disintiese del nacionalismo? Desde el funesto pacto de Tinell todo ha valido contra los populares. Desde la constitución del tripartito nadie que no fuese nacionalista ha podido respirar tranquilo.

Entre todos han sellado el fin de la democracia en Cataluña, un lugar donde, amén de una legislación nacionalista integral, ya no se puede ni convocar un mitin en libertad, donde es imposible expresar públicamente el más mínimo desacuerdo con la religión nacionalista. El dominio absoluto que sobre los medios de comunicación tiene el PSOE y CiU ha hecho más solitario si cabe este calvario. La dejación de los socialistas de otras partes de España lo ha hecho más doloroso.

Salga lo que salga el próximo domingo, Cataluña no volverá a ser la misma. El Estatuto la ha partido en dos, ha sacado lo peor de su clase dirigente y ha condenado a la proscripción definitiva a todos los que se oponían a los designios nacionalistas. De esta nueva Cataluña, enemiga del pluralismo y de la libertad, quiere Montilla ser presidente. Tal vez sería dramático, tal y como apuntó ayer Mariano Rajoy en Lérida, pero le vendría como anillo al dedo. La Cataluña de hoy, recelosa y acobardada, que ni fuerza tiene para escandalizarse por tanto atropello, está hecha a su imagen y semejanza.   


 

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