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EDITORIAL

Cataluña, ese ejemplo de democracia avanzada

Esta campaña está siendo sorprendente para muchos, sí, pero no debería serlo. Cuando no está permitido discrepar, hay que emplear otro tipo de señuelos, y los que quedan son los irracionales.

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Que la política no interese en Cataluña no es ya noticia. El partido único catalanista ha logrado que la región sea pionera en los niveles de abstención en las elecciones y hasta en la votación estatutaria, ese engendro anticonstitucional destinado a refundar la comunidad autónoma como nación, tan crucial –al parecer– para el bienestar de los catalanes. Las élites –políticas, empresariales, periodísticas...– han excluido del discurso aceptable la mera defensa del bilingüismo o la negativa a aceptar la demagogia del Madrid nos roba. En la actualidad, para ser un buen catalán hay que pensar una serie de cosas muy determinadas. La tiranía de lo políticamente correcto resulta allí especialmente cruenta.

El tiempo pasa, y las opciones radicales van ganando presencia por la desafección de unos súbditos que no encuentran razones para votar a quienes lo hacían. Como ha sucedido en numerosas ocasiones en las democracias, los extremismos crecen al ocuparse las principales opciones políticas de una realidad paralela de la que los electores se sienten ajenos. Al ser el nacionalismo la única política posible, la política de verdad va desapareciendo, y su lugar lo ocupan independentistas radicales, partidos de extrema derecha y un rango de lo más variado de opciones estrafalarias. ¿Por qué no hacerles caso, cuando todo lo demás es indistinguible entre sí?

El más reciente síntoma de toda esta deriva ha sido la proliferación de anuncios electorales de contenido sexual, que no se ha limitado a opciones insignificantes como la de Nebrera o Carmen de Mairena, sino que ha alcanzado incluso al PSC. Al contrario que la campaña de 2006 de Ciudadanos, en la que el desnudo era una forma de llamar la atención coherente con el mensaje que se quería transmitir, estos anuncios no son sino meras imitaciones de ese cartel colgado infinitas veces en los tablones universitarios en el que reza bien grande la palabra "sexo" para indicar a continuación, en letra mucho más pequeña, "ahora que hemos llamado tu atención, lo que queríamos decir es...".

Esta campaña está siendo sorprendente para muchos, sí, pero no debería serlo. Cuando no está permitido discrepar, hay que emplear otro tipo de señuelos, y los que quedan son los irracionales.

No debemos olvidar, en cualquier caso, que Cataluña es en esto una mera avanzadilla. Este es el camino del cordón sanitario, de la ausencia de alternativas dentro de la racionalidad, de la expulsión del discurso públicamente aceptado de todo aquello que no sea pensamiento único. Es aquí donde se quería llegar cuando se firmó el Tinell, este es el lugar donde la radicalidad extrema de Zapatero ha querido siempre llevar a España. Cataluña vive en su plenitud, en definitiva, la famosa "democracia avanzada". Que no es, ni ha sido nunca, democracia.


 

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