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EDITORIAL

Chávez por decreto, otra vez

Hoy por hoy Venezuela no es una democracia, y no lo será mientras perviva el espantoso y liberticida régimen socialista que Hugo Chávez ha implantado en el país.

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Tal y como temíamos desde esta misma tribuna hace poco más de tres meses, Venezuela va a seguir siendo incondicionalmente chavista aún con los apoyos en la Asamblea Nacional visiblemente mermados. Las elecciones del pasado mes de septiembre, en las que la opositora Mesa para la Unidad consiguió arrebatar 65 escaños al Partido Socialista de Venezuela, órgano político que sirve de correa de transmisión en la cámara para los desmanes antidemocráticos de Hugo Chávez, no han servido al final para nada.

Han bastado solo tres meses de maniobras arteras y democráticamente inadmisibles por parte de la asamblea saliente para que el poder legislativo reconquistado por la Venezuela, que se resiste a caer presa del socialismo a la cubana que Chávez trata de meter con calzador, se haya quedado en agua de borrajas. Un ramillete de leyes, aprobadas con prisa durante el último trimestre, han dejado la Asamblea Nacional convertida en un florero inservible que en poco o nada incomodarán al autócrata durante, como mínimo, el próximo año y medio.

Así, la llamada "Ley Habilitante" otorga al presidente poderes cuasi absolutos para legislar de espaldas a la cámara. Permite, por ejemplo, que Chávez haga y deshaga a placer en temas vitales como ordenación territorial, uso de la tierra, sistema socioeconómico o los capítulos relativos a las finanzas públicas y el fisco. Esta ley le da más poder del que ha tenido nunca y convierte a Venezuela en una dictadura de facto. Para evitar las críticas por parte de los medios de comunicación independientes que aún subsisten, los diputados salientes –todos adictos al Palacio de Miraflores– han creado sendas leyes-mordaza que regulan el uso de internet y ponen a cadenas disidentes como Globovisión contra las cuerdas.

Chávez podrá, por lo tanto, gobernar tranquilo hasta el verano de 2012. Tiempo suficiente para profundizar en su programa de cubanización y preparar la campaña electoral de las presidenciales, que tendrán lugar en noviembre de ese año. Todo perfectamente calculado para que el chavismo perdure y lo haga, además, con una pátina de democracia que al coronel le gusta exhibir en el extranjero como vitola de legitimidad de su régimen.

Y es aquí donde está la clave de la cuestión venezolana. La democracia no consiste en ir a votar cada cuatro años y otorgar con el voto un poder sin cortapisas al vencedor. Nada de eso. La base de la democracia no son las elecciones, sino las instituciones, el imperio de la Ley y el respeto a la minoría disidente. La Venezuela bolivariana aprueba en lo primero. En el país se celebran elecciones regularmente aun desde que el ex golpista llegó al poder, y hasta se convocó un referéndum revocatorio hace siete años del que Chávez salió bien librado. Suspende, sin embargo, en todo lo demás. En Venezuela las instituciones son juguetes al capricho del poder, no impera más ley que las delirantes e incendiarias soflamas del presidente y al que disiente se le persigue con saña.

Hoy por hoy Venezuela no es una democracia, y no lo será mientras perviva el espantoso y liberticida régimen socialista que Hugo Chávez ha implantado en el país. El panorama es cuando menos desesperanzador. La oposición se encuentra maniatada dentro de la caja de cristal sellada al vacío en la que el chavismo la ha convertido, y el poder del presidente es mayor que nunca. A los venezolanos recuperar la libertad perdida les va a costar algo más que sangre, sudor y lágrimas, pero no deben cejar en el intento ni darse por vencidos. Se juegan su país, que no es poco.


 

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