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EDITORIAL

Cloacas

De estas luchas intestinas podría salir algo en claro sobre los atentados del 11-M cuya organización sigue siendo a día de hoy el mayor enigma de la democracia.

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Hay algo podrido que merodea por los aledaños del Ministerio del Interior y la Policía Nacional. Algo cuya pestilencia inunda ya todos los ámbitos de la vida pública y que tratan por todos los medios de ocultar a los ciudadanos. Algo que pocos saben, muchos intuyen y que está a punto de reventar. Y no es sólo el pésimo desempeño de una Policía Nacional abonada a los escándalos, ni las cada vez más evidentes lagunas en la investigación sobre el 11-M, ni las revelaciones de última hora sobre los viajes del director del CNI, ni siquiera los dimes y diretes que la Fiscalía, el Ministerio y el juez Garzón se traen entre ellos.

Las declaraciones de Conde Pumpido poniendo de manifiesto la putrefacción de un ecosistema propio, el de Interior, son la primera voz de alarma, pero no la única. El infeliz maridaje entre el Ministerio de Rubalcaba, el Cuerpo Nacional de Policía y la Audiencia Nacional no es cosa de ahora. Hunde sus raíces en lo más profundo del ser de nuestra democracia y es en estos momentos cuando la basura acumulada está empezando a aflorar. Lo hace, además, con fanfarria y titulares. Pocas veces antes los “asuntos de Interior” habían sido objeto de tanta y tan feroz polémica como en estos días en los que se han roto todos los diques que mantenían la ilusión de un sistema que, al menos en apariencia, funciona a las mil maravillas.

A modo de decorado la operación Gürtel y sobre las tablas los continuos despropósitos que se han patrocinado desde el Ministerio y la Audiencia. La farsa de la negociación con la ETA es uno de ellos, pero no sólo. Los desacuerdos y rivalidades entre los diferentes grupos de poder dentro del entramado de Interior han terminado por hacer públicas unas diferencias que eran más que evidentes desde hace mucho tiempo. Cabría, por tanto, preguntarse cuál es el papel que cada uno de los elementos implicados juegan en todo este drama, incluyendo, naturalmente, a Baltasar Garzón.

Lo más triste, con todo, no es el desbarajuste y la imagen de poca seriedad que están dando los responsables de la seguridad del Estado, sino el sentimiento de desamparo que, inevitablemente, asalta a todos los ciudadanos. Con una Policía ineficaz, con sus responsables envueltos en banderías internas o protagonizando controvertidas operaciones políticas; con un Ministerio del Interior que da bandazos y genera una sensación de inseguridad continua; con una Audiencia Nacional al borde de convertirse, como bien ha señalado Pumpido, en el juguete de Garzón, juez y parte que aspira a estar metido en todo por no se sabe bien qué privilegios que se ha autoarrogado.

Esta es una faceta más de la lamentable estampa de la Justicia en España, que no por menos sabida es menos descorazonadora. La presión, sin embargo, empieza a ser mayor de lo que puede soportar la caldera y tal vez el futuro nos depare novedades imprevistas. Novedades como las que, en su momento, fueron las bien remuneradas conferencias de Garzón en Nueva York o las jornadas cinegéticas de Bermejo y de Saiz. De estas luchas intestinas podría salir algo en claro sobre los atentados del 11-M cuya organización sigue siendo a día de hoy el mayor enigma de la democracia. Toquemos madera, quizá  la historia tenga uno de esos giros inesperados y termine, al fin, por hacerse Justicia.


 

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