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EDITORIAL

¿Cómo era aquello de que el corazón está en la izquierda?

Esa izquierda "radical" y "combativa" es la primera que a la hora de la verdad se muestra dispuesta a agachar la cabeza con tal de consolidarse en el poder y de contentar a sus amos.

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El coste del despilfarro y del déficit público no sólo se mide en términos monetarios: cuando el Gobierno gasta mucho más de lo que ingresa, también compromete nuestras libertades, tanto las presentes como las futuras. Por un lado, porque cuanto más derrocha el Estado, menos autonomía tienen los ciudadanos para decidir a qué destinan las rentas que se han ganado con su duro trabajo; y en el caso del déficit, el Ejecutivo incluso se apropia de la riqueza de ciudadanos que ni siquiera han nacido.

Por otro lado, en la medida en que los déficits tienen que financiarse –esto es, en la medida en que los gobierno deben vender su deuda a los ahorradores nacionales y extranjeros–, los políticos van volviéndose crecientemente dependientes de los inversores con suficiente capital como para sufragar su enorme agujero presupuestario.

En ocasiones, esa dependencia del Ejecutivo de sus acreedores puede traer efectos beneficiosos para una sociedad, puesto que, al menos, se limita la discrecionalidad absoluta del poder político para implementar todos los disparates económicos que se le pasen por la cabeza. Pero en otras, esa sumisión puede terminar convirtiendo al gobierno en un títere de las grandes fortunas o de las potencias extranjeras, en especial cuando los políticos carecen de sólidos principios en defensa de las libertades.

Nuestra izquierda siempre se ha vanagloriado de estar "comprometida", de situarse al lado de los más débiles y en contra de la opresión del capital, de anteponer los valores y los sentimientos a la fría cartera o de poseer una conciencia social tan fuerte como para no mostrarse indiferente frente a las injusticias planetarias. Sin embargo, esa izquierda "radical" y "combativa" es la primera que a la hora de la verdad se muestra dispuesta a agachar la cabeza con tal de consolidarse en el poder y de contentar a sus amos.

El caso del Gobierno socialista ante la dictadura China es llamativo. Después de que varios miembros del Ejecutivo hayan visitado en peregrinación al gigante asiático para rendirles pleitesía a las autoridades comunistas, ayer Zapatero se desmarcó de la petición de liberación del nuevo Premio Nobel de la Paz, Liu Xiaobo.

Por supuesto no se trata de que los galardonados por el Parlamento Noruego merezcan un trato privilegiado frente al resto de presos políticos, pero nunca debe perderse una ocasión para denunciar los abusos de las autocracias, sean la china, la cubana o la marroquí. Zapatero, sin embargo, ya ha desaprovechado demasiadas oportunidades demasiadas veces como para que creamos que se trata de un repetido traspié: ya sea por afinidad ideológica, por debilidad política o por dependencia económica, los presos políticos siempre han sido marginados entre halagos a sus carceleros.

Los españoles somos sobradamente conscientes de su falta de compromiso con las libertades y, muy en particular, con nuestra libertad. En el extranjero ya lo conocen por su habilidad para conducir a un país hacia la bancarrota; tras espectáculos tan siniestros como éste, deberían también pasar a observarlo como un político dispuesto a lanzarse a los brazos del mejor postor. Por muy liberticidas –o tal vez a causa de ello– que sean sus exigencias.


 

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