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EDITORIAL

Corrección política y yihad global

En vez de respaldar a los creadores de Fitna, numerosos miembros de la izquierda bienpensante se han lanzado a una campaña de desprestigio contra ellos, tachándolos de islamófobos y fascistas

EDITORIAL
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Que el estreno de Fitna, un documental holandés que denuncia el discurso radical y genocida del yihadismo y advierte de las graves consecuencias que su extensión por Europa occidental podría tener para la libertad y la democracia, haya tenido que producirse en una página web dedicada a la muestra de vídeos insólitos, es prueba fehaciente del estado de postración moral al que el miedo y la corrección política han sumido a algunas sociedades avanzadas.

Esta exhibición semi clandestina se debe a la condena expresada por la ONU, que de forma incomprensible considera que el documental constituye una apología del racismo. Como si revelar el mensaje machista, homófobo y antisemita de algunos imanes y alertar del peligro cierto que la propagación de la sharia, la ley islámica, supone para la seguridad de todos fuera un delito. Lo arriesgado es justamente lo contrario, taparse los ojos ante este preocupante fenómeno y acusar a quienes lo quieren dar a conocer a la opinión pública de extremistas.

En los últimos años han proliferado en Europa, Canadá y Australia los casos de mutilaciones genitales a niñas musulmanas, compra y venta de mujeres y asesinatos debidos a la aplicación de un curioso código de honor consistente en considerar a la mujer un ser inferior carente de cualquier derecho. Además de esto, abundan los testimonios sobre clérigos islámicos dedicados entre otras cosas a predicar la guerra santa contra Occidente, la muerte de los homosexuales y la sustitución de la democracia por un régimen teocrático. Sin embargo, la reacción de buena parte de la elite europea ante las protestas formuladas por algunos políticos, artistas e intelectuales ha sido en el mejor de los casos el silencio, en el peor la estigmatización y la censura.

A este respecto, la retirada casi inmediata del filme, producido por la iniciativa del diputado holandés del Partido Liberal Geert Wilder, por temor a represalias violentas, sumada al escaso apoyo recibido por parte de la progresía occidental, son hechos alarmantes. En vez de respaldar a los creadores de Fitna, numerosos miembros de la izquierda biempensante se han lanzado a una campaña de desprestigio contra ellos, tachándolos de islamófobos y fascistas, igual que hicieron contra el escritor británico Martin Amis cuando éste afirmó que "no todas las culturas son iguales", por no mencionar los casos de Ayaan Hirsi Ali y Oriana Fallaci, cruelmente denigradas por algunas autoproclamadas feministas.

De poco sirve que un partido político de la República Checa se haya ofrecido a estrenar Fitna en su país cuando la mayoría de la opinión publicada del continente actúa como un solo hombre a la hora de reprimir a cualquiera que señale el fracaso del multiculturalismo y sus efectos perniciosos para la paz y la concordia. Así, la acuñación del eufemismo "islam político" por algunos académicos no es más que una venda que intentan colocar sobre los ojos de una población cada vez más preocupada por el futuro de una Europa exánime ante el desafío que supone el avance del yihadismo entre una porción creciente de su población de origen inmigrante. Peor aún es que partidos como el PSOE recaben el apoyo de la Junta Islámica, se presenten a las elecciones en coalición con formaciones políticas islámicas o que algunos políticos como el alcalde de Madrid exhorten a los musulmanes a profundizar en sus raíces, en vez de animarles a plantar cara a los miembros de su comunidad que propagan la ira y la intolerancia.

Bienvenidas sean cuantas iniciativas surjan para informar sobre los riesgos de una Europa rehén del islamismo radical. Desde Libertad Digital nos solidarizamos con el esfuerzo de Wilder y de tantos otros que intentan arrojar luz sobre uno de los fenómenos más alarmantes de la actualidad y reprochamos la actitud de los falsos demócratas, cuya prédica falaz y suicida no es un remedio, sino parte de la enfermedad.


 

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