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EDITORIAL

Cuando gobernar se convierte en el arte de manipular

Mientras el estamento partitocrático siga más interesado en preservar sus redes clientelares, su poder, su influencia y sus privilegios que en servir a los españoles, continuarán sin adoptarse las imprescindibles reformas que este país necesita.

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Pocos hechos son más sintomáticos del creciente abismo que separa a la población española de su casta política que esa súbita preocupación que se ha desatado entre los jerarcas autonómicos del PSOE por la posible catástrofe electoral en los comicios del próximo mes de mayo. Conscientes de que la desastrosa gestión de Zapatero está acabando con sus posibilidades de victoria, el secretario de Organización del partido, Marcelino Iglesias, ha tenido que salir en defensa del presidente y prometerles que "sabe administrar muy bien los tiempos".

Claro que a los tiempos a los que se refiere Iglesias no son los de la recuperación económica, cuyo inicio lo dató Zapatero hace unos días para dentro de un lustro, sino los tiempos de la propaganda política y de los golpes de efecto cosméticos. Es decir, y por si alguien continuaba dudándolo, ni el Gobierno central ni los barones regionales se están ocupando en acelerar la salida de la recesión sino sólo en salvaguardar sus mullidos sillones durante los próximos cuatro años. Los cinco millones de parados no son el centro de sus preocupaciones e iniciativas, sino sólo una chinita en su camino hacia la reelección que en su caso debe ser maquillada u ocultada.

Así las cosas, mientras el estamento partitocrático siga más interesado en preservar sus redes clientelares, su poder, su influencia y sus privilegios que en servir a los españoles, continuarán sin adoptarse las imprescindibles reformas que este país necesita. Porque ese sentimiento de superioridad y lejanía con respecto a los problemas mundanos de la ciudadanía, esa indiferencia hacia la dramática situación que estamos viviendo, es lo que lleva a que nuestros políticos sólo den tímidos e insuficientes pasos en la buena dirección cuando los mercados internacionales los colocan ante una situación insostenible.

Sólo de este modo se explica que mientras las familias y las empresas han tenido que apretarse el cinturón hasta extremos muy dolorosos –quedándose en el paro o quebrando–, el sector público, incluido el autonómico, siga engordando a costa de un endeudamiento que se ceba, vía mayores impuestos y tipos de interés, sobre esas ya muy debilitadas familias y empresas. O sólo así se explica que cinco millones de parados no empujen al Gobierno o a la oposición a exigir una reforma laboral integral que, por mucho que se oponga a los dogmas ideológicos de la izquierda, ponga fin a la dictadura sindical en las relaciones laborales.

Al cabo, nuestros gobernantes no sienten la crisis como propia, muy en especial porque recaudan más impuestos y despilfarran mayores cantidades de nuestro dinero que antes de que ésta se desatara. Nuestra crisis se ha convertido en su buena salud, de modo que el único nubarrón que otean en el horizonte sea el de no salir reelegidos. En caso de renovar el mandato después de mayo, su barra libre continuará sin ningún tipo de restricción ni quebradero de cabeza. Por ello, no observan al sufrido pueblo soberano como un ente al que deben servir, sino como uno al que pueden manipular. La administración de los tiempos del PSOE no es más que eso: cómo conservar la poltrona tras siete años de ataque sistemático a las libertades y la prosperidad de los españoles. Ni la crisis institucional ni la crisis económica han ido nunca con ellos.


 

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