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EDITORIAL

Cuando todo falla, Rodríguez Ibarra

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Las salidas de tono de Rodríguez Ibarra, por reiteradas y nunca perseguidas, ya casi forman parte del patrimonio cultural español, pues tienen cierto regusto de rancia demagogia propia de tiempos pasados que resulta enternecedor. Por ello, casi nadie se molesta en tomárselas en serio. Pero también cumplen un papel muy importante en el seno del PSOE: Como en el circo, cuando los trapecistas o los domadores de tigres sufren algún accidente o cuando el próximo número aún no está preparado, salen inmediatamente los payasos y los malabaristas a escena para amenizar y distraer con manidos trucos y gracietas al respetable, en el PSOE, Juan Carlos Rodríguez Ibarra cumple un papel muy parecido.

Cuando reina la confusión y nadie se atreve a tomar la palabra, Rodríguez Ibarra sale a escena a decir con su peculiar estilo las insensateces que la dirección del PSOE desearía propalar a destajo si no tuviera que salvaguardar una apariencia de seriedad y moderación. Por eso, en el Consejo Territorial del PSOE –reunión de los presidentes y responsables autonómicos del partido– celebrado el lunes, el eterno presidente extremeño decidió superarse a sí mismo y ejercer de portavoz de sus compañeros para proferir todo género de falsedades y disparates sobre la crisis del PSOE en Madrid.

Ibarra insistió en seguir acusando sin pruebas al PP de estar detrás de la defección de Tamayo y Sáez, la cual, a sus ojos es nada menos que “un golpe de mano contra la democracia”. Para Ibarra, la Asamblea de Madrid “está secuestrada, y por eso la presidenta (Concepción Dancausa) no puede estar en el cargo ni un día más”. Y no cabe achacar ninguna responsabilidad a Zapatero y la dirección del PSOE por haber incluido en sus listas a Tamayo, pues, según dijo, tampoco fue responsabilidad de Adolfo Suárez la implicación del capitán general de Valencia, Jaime Miláns del Bosch en el golpe de Tejero. En opinión de Ibarra y parafraseando a Caldera, “antes los golpes se hacían con sables y ahora se hacen con talonarios de cheques”, y sacando pecho advirtió de que si hay querella contra Simancas –como ya ha anunciado Javier Arenas–, deberá ampliarse “17 veces en nombre de los 17 secretarios generales autonómicos”.

Aunque la frase cumbre que resume todo el “argumentario” de Ibarra es la siguiente: “Lo que nos preocupa es que nos quiten lo que nos corresponde y que el dinero de cuatro bastardos valga más que la voluntad de medio millón de ciudadanos”. Es decir, que Ibarra y el PSOE ya dan por hecho, en primer lugar, algo de lo que no tienen ninguna prueba: la corrupción de Tamayo y Sáez y la implicación del PP en todo este asunto. Es por eso que Ibarra añade que el PP, para quedar a sus ojos libre de toda sospecha, debería permitir la investidura de Simancas, aunque para ello tuvieran que ausentarse de la votación dos diputados populares. Y en segundo lugar, también da por hecho que la presidencia “corresponde” por derecho propio a Simancas aunque el PSOE no fuera la lista más votada.

Es decir, Ibarra y el PSOE acusan al PP de sus problemas de disciplina y posible corrupción, los cargan sobre los hombros de los populares y además les exigen “penitencia” pública para hacerse perdonar el hecho de haber aprovechado sólo parcialmente –Esperanza Aguirre no se ha cansado de decir que deben convocarse nuevas elecciones– que son la lista más votada y la primera fuerza parlamentaria en Madrid. Tanto como pedir a quien le han robado la cartera y consigue recuperarla en un descuido del ladrón que la devuelva al caco y que le pida disculpas. No puede negarse que Ibarra ha cumplido eficazmente su papel.


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