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EDITORIAL

Cumbre de la OTAN: después del humo, nada

El balance político que el Ejecutivo puede presentar tras estos días de fastos es bien magro.

Acabados los fastos, las fotografías, las ruedas de prensa saturadas de autobombo, los encuentros ampulosos en los que no se decide nada y las entrevistas masaje que las televisiones y radios amigas están regalando a un Pedro Sánchez que nunca estuvo más encantado de conocerse, el balance de la cumbre de la OTAN es el que es para el España: prácticamente nulo.

Es cierto que, como ha ocurrido siempre que se ha organizado un gran acontecimiento, la imagen de nuestro país ha salido reforzada, especialmente la de Madrid, que ha aparecido como la gran capital que es en todos los medios de comunicación del mundo.

Pero, más allá de eso, que no es novedad –al menos desde Barcelona 92, España siempre ha dado la talla en las grandes citas–, por mucho que el Gobierno y la numerosa prensa adepta se empeñen en lo contrario, el balance político que el Ejecutivo puede presentar tras estos días de fastos es bien magro.

A pesar del acuerdo firmado, EEUU ha mantenido las distancias con el Gobierno de Sánchez de manera muy significativa: el gesto de no conceder una rueda de prensa conjunta desde Moncloa fue harto elocuente. Además, ese acuerdo servirá para abrir una brecha muy importante entre el PSOE y Unidas Podemos en el Gobierno y entre el primero y sus aliados antisistema en el Parlamento. Tanto que Sánchez se verá obligado a reclamar el apoyo del PP y quizá hasta el de Vox. Menudo papelón.

Lo más significativo, no obstante, es que, pese a que desde tantos medios se estén lanzando mensajes en sentido opuesto, el estatus de Ceuta y Melilla no ha cambiado ni un milímetro para la Alianza Atlántica: como todos los territorios que no están incluidos en el documento fundacional de la OTAN, un ataque a nuestras dos ciudades africanas no recibiría una respuesta automática de la organización, sino que dependería de un consenso político entre los miembros.

Un consenso que no parece tan sencillo lograr cuando, hoy por hoy, Marruecos resulta un aliado más fiable para EEUU que una España en la que medio Gobierno se manifiesta contra la OTAN. En cualquier caso, esa no es la cuestión a dilucidar en este momento; lo que ahora nos ocupa es que el Gobierno ha desaprovechado una oportunidad extraordinaria para dar un paso crucial de cara a atajar la mayor amenaza exterior, por no decir la única, que tiene nuestro país.

Una amenaza que, hay que recordar, viene de un país que no sólo no ha renunciado en ningún momento a sus pretensiones sobre Ceuta y Melilla, sino que ha demostrado con los hechos su voluntad de traspasar líneas rojas inadmisibles en las relaciones internacionales e incluso hacer uso de la violencia: ahí está la invasión de Ceuta por miles de inmigrantes espoleados desde Marruecos o la toma de Perejil. Problemas generados desde un país que, además, ha demostrado una habilidad diplomática infinitamente mayor que la de un Gobierno capaz de pelearse al mismo tiempo con dos enemigos acérrimos como Argelia y el propio Marruecos.

En definitiva, ha pasado la fiesta, se apagan las luces y a partir de mañana la realidad española vuelve a ser la que era el pasado lunes: crisis política y económica y un Gobierno que mientras se descompone trata de dinamitar todos los límites institucionales a su poder. Terminó el gran evento y después del humo no ha quedado nada.

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