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De Mas en peor

Lo ocurrido no es el funeral del separatismo, sino la antesala de un cambio que puede acabar con nuestro sistema político.

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El fracaso estrepitoso del separatismo catalán, tras la negativa de la CUP a investir presidente a Artur Mas, no implica que el proceso haya embarrancado de forma definitiva. Al contrario, es a partir de ahora, ante la perspectiva unas nuevas elecciones catalanas, cuando la intentona secesionista adquiere una mayor peligrosidad.

Las negociaciones de Junts pel Sí con la organización antisistema han acabado como cabía prever, a pesar de que no ha habido humillación que los primeros no hayan asumido voluntariamente en estos dos meses para alcanzar el favor de los radicales batasunizados. Salvo que los herederos de Pujol jubilen al presidente en funciones de la Generalidad, Cataluña está abocada a unas nuevas elecciones. En la nueva cita con las urnas, los protagonistas de este sainete interminable acudirán muy tocados por el tremendo fracaso. La fuerza emergente que se beneficiaría en mayor grado de la situación sería la franquicia catalana de Podemos, que controla Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona, cuyo nombre ya suena para encabezar la candidatura podemita a la Generalidad.

El panorama sería tan demencial que ERC se convertiría de facto en la fuerza nacionalista de izquierdas más moderada, lo que da una idea del avispero en que se ha convertido la política catalana tras la gestión del nefasto Artur Mas.

Y mientras en Cataluña se dilucida quién va a pilotar la sedición, disfrazada por Podemos con el artificio del derecho a decidir, los líderes de las dos principales fuerzas nacionales, Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, siguen intentando defender sus cuotas de poder personal a despecho de su responsabilidad en una situación de emergencia política como la que está atravesando el país.

Un resultado favorable a Ada Colau en las catalanas situaría a Podemos en posición inmejorable para asaltar La Moncloa, en unas elecciones generales que se celebraran inmediatamente después. El panorama es el idóneo para que Rajoy y Sánchez vuelvan a reclamar el voto moderado que Ciudadanos, hasta el momento, no ha sido capaz de aglutinar de forma decisiva. La frivolidad de populares y socialistas, más pendientes de sus luchas internas que de los intereses de la Nación, aboca a un nuevo periodo de inestabilidad que podría hacer saltar por los aires el sistema político.

Por eso lo ocurrido este fin de semana en Cataluña no es el funeral político del proyecto separatista, sino la antesala de un cambio de liderazgo que, sin duda, acabará influyendo de manera determinante en la política nacional. Lo más ultrajante es que si la confluencia de izquierdistas y separatistas asaltan el Estado no será por haberse convertido en una fuerza mayoritaria, sino por la traición de los principales partidos nacionales, liderados por los dos dirigentes más lamentables de nuestra historia democrática.

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