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EDITORIAL

Desaparición y desguace de pruebas

A pesar del desguace de los restos de los trenes, el "retrato robot del Titadyne" ya no puede ni convertirse en chatarra ni desaparecer, y justifica, por sí solo y en nombre de la justicia, la inmediata reapertura judicial del caso del 11-M.

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Se supone que el lugar donde se comete un atentado constituye el principal continente de las pruebas destinadas a esclarecerlo y enjuiciarlo. Sin embargo, una de las innumerables irregularidades que se cometieron durante las pesquisas policiales y durante la instrucción del 11-M fue la decisión de desguazar y convertir en chatarra los restos de los trenes, prácticamente veinticuatro horas después de la masacre. La Ley de Enjuiciamiento Criminal –por no hablar de la lógica más elemental– obliga a que se conserven los restos tras un atentado terrorista, de manera que las distintas partes puedan solicitar que se realicen nuevas pruebas, a fin de salvaguardar derechos fundamentales tanto de los acusados como de las víctimas. Consta en el sumario del 11-M que el juez instructor del caso, Juan del Olmo, había ordenado incinerar todas las pertenencias de las víctimas que no habían sido reclamadas a los pocos días de la masacre; restos que, por cierto, también podrían haber sido de ayuda para esclarecer qué explosivo se había utilizado. En el caso de los trenes, sin embargo, no consta en el sumario ningún documento que acredite que alguna instancia judicial permitiera u ordenara su destrucción.

Sólo desde la más irresponsable incompetencia o desde la más criminal y deliberada voluntad de ocultación se puede entender esa prisa por convertir en chatarra los trenes y, con ellos, las posibles pruebas que podrían haber ayudado a esclarecer el caso. Sin embargo, en el colmo de lo inexpicable, ahora sabemos, gracias a un análisis efectuado para Libertad Digital por Carlos Sánchez de Roda y Luis del Pino, que antes de iniciarse el proceso de achatarramiento y desguace "desaparecieron" más de 90 toneladas de material, cuyo destino se desconoce. Así se desprende de la documentación aportada por Renfe y de las hojas de características de los propios vagones afectados. ¿Cómo es posible esta desaparición y, sobre todo, cómo es posible que nada de esto fuese entregado a los peritos encargados de determinar durante el juicio del 11-M los explosivos utilizados?

Con todo, ni la incompetencia ni la criminal voluntad de ocultación han impedido que, gracias al incontestable "informe Iglesias", sepamos que en las muestras recogidas en la estación de El Pozo aparecen determinados componentes químicos cuya presencia elimina la posibilidad de que en los trenes estallara Goma 2 ECO, tal y como pretende hacernos creer la sentencia y la versión oficial del 11-M. A lo que apuntan más bien esas conservadas muestras, tal y como afirma este experto, es al "retrato robot del Titadyne". Un "retrato robot" que ya no puede ni convertirse en chatarra ni desaparecer, y que justifica, por sí solo y en nombre de la justicia, la inmediata reapertura judicial del caso del 11-M


 

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