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EDITORIAL

Egipto: entre la autocracia corrupta y el islamismo

Egipto se debate entre dos escenarios muy insatisfactorios: o la pervivencia de un régimen corrupto y despótico o un golpe militar que, con el falso pretexto de la democracia, brinde el control del país al integrismo islámico.

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Las manifestaciones que derribaron a la dictadura tunecina de Ben Alí se están extendiendo, con dispar éxito, por gran parte del mundo musulmán. En Jordania, Libia o Argelia han comenzado a aparecer ciertos brotes de revueltas que, de momento, sólo han conseguido arraigar con fuerza en Egipto.

Después de tres décadas, el régimen, gobernado con puño de hierro por el general Hosni Mubarak desde que en 1981 la facción más integrista del ejército asesinara a Anwar el-Sadat por reconocer la existencia de Israel y acercarse a Estados Unidos en detrimento de la URSS, comienza a resquebrajarse. Muy a su pesar, hasta el momento sólo ha logrado mantener el orden recurriendo a regañadientes a los militares. Y es que, si bien es cierto que los altos mandos de los militares, con el jefe de los servicios secretos y nuevo vicepresidente del país, Omar Suleilam, a la cabeza, son totalmente leales a la administración corrupta de Mubarak, los mandos intermedios se encuentran mucho más cercanos a las inquietudes de la ciudadanía y bien podrían aprovechar la ocasión para dar un golpe militar interno que acabara con Mubarak. No olvidemos que el nefasto Gamal Abdel Nasser era un simple coronel cuando derrocó a la monarquía egipcia en 1952.

Un golpe de los mandos intermedios probablemente conduciría a la convocatoria de elecciones democráticas en un clima de inestabilidad que, a diferencia de Túnez donde el integrismo tiene un peso mucho más reducido, conduciría a una victoria de los Hermanos Musulmanes, quienes vienen aguardando una oportunidad como ésta desde hace al menos dos décadas y están mucho mejor organizados que cualquier otro grupo de la oposición democrática. Los precedentes –en distintos grados: Irán, Argelia o incluso Gaza– no son desde luego alentadores en este sentido.

La caída de Egipto en manos de los islamistas sería una auténtica tragedia para Occidente, tanto desde un punto de vista económico –Egipto controla el canal de Suez– como político –el país tiene una enorme frontera con Israel, y Egipto es el responsable hasta ahora de controlar el rearme de Hamás, quienes en definitiva no son más que una facción de los Hermanos Musulmanes–. De hecho, las consecuencias de las meras revueltas sobre la seguridad de Israel ya están resultando bastante inquietantes: la policía egipcia ha tenido que retirarse de la frontera con Israel y al parecer Hamás y los Hermanos Musulmanes han comenzado a colaborar para capitalizar el liderazgo de la oposición al régimen.

El otro posible escenario a corto plazo es que la jugada de Mubarak tenga éxito: que el liderazgo de Suleilam –el general más prestigioso de Egipto con conexiones y buenas relaciones con todos los servicios secretos de Occidente– se consolide y logre contener tanto las legítimas aspiraciones de la oposición democrática como los intentos de los islamistas por controlar el país.

Egipto se debate, pues, entre dos escenarios muy insatisfactorios: o la pervivencia de un régimen corrupto y despótico o un golpe militar que, con el falso pretexto de la democracia, brinde el control del país al integrismo islámico. A medio plazo no parece muy viable que la oposición realmente democrática consiga conservar el poder frente al natural auge que experimentará el islamismo, aunque es evidente que esa sería la única solución deseable.

En cualquier caso, tengamos presente que el riesgo de contagio en toda la zona es muy grande y todo apunta a que a partir de este mes de enero nada será igual en el Magreb y en el conjunto del mundo musulmán. Esperemos que, al menos, la insostenible situación actual no degenere con virulencia.


 

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