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EDITORIAL

El alarmismo también tiene consecuencias

Aproximadamente medio millón de personas mueren todos los años de gripe en el mundo sin que esa enfermedad nos quite el sueño. Y las consecuencias de dejarse llevar por el pánico también pueden ser muy graves para muchas personas.

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Advertíamos hace pocos días, con la confirmación del primer caso de gripe porcina en España, que sin olvidarnos de la obligada prevención con la que se debe actuar en casos como éste tampoco se debía caer en el alarmismo injustificado. Pese a ser una cepa inusual, se trataba del virus de la gripe, contra el que la humanidad ha luchado y al que ha logrado contener aun sin derrotarlo. No estamos en 1918, somos más prósperos y disponemos de mejores armas con las que luchar.

Esta nueva gripe será oficialmente una pandemia, pero con ese término la OMS se limita a describir la rapidez y el número de los contagios, no la gravedad de la enfermedad. Es natural y conveniente que estemos prevenidos ante una gripe sobre cuyas consecuencias para la salud sabemos poco y cuyo alcance y gravedad real es aún un enigma. Pero que haya personas que mueran por este virus no debería llevarnos a concluir que sea excepcionalmente preocupante. Aproximadamente medio millón de personas mueren todos los años de gripe en el mundo sin que esa enfermedad nos quite el sueño. Y las consecuencias de dejarse llevar por el pánico también pueden ser muy graves para muchas personas.

El Banco Mundial estudió los efectos económicos de la gripe aviar en el segundo trimestre de 2003, por la que fallecieron alrededor de 800 personas, y estimó unas pérdidas para las economías asiáticas de 200.000 millones de dólares sólo durante el periodo estudiado, pérdidas que presumiblemente hayan sido mucho mayores a lo largo del tiempo. La causa no estuvo en las muertes en sí, sino en las consecuencias de que la gente intentara evitar el contagio. Los sectores afectados incluyeron el turístico, el del transporte colectivo o el comercial. México, un país que está luchando por sacar de la pobreza a su población, podría recibir un impacto aún mayor de esta crisis.

Es una tentación, cuando se reflexiona sobre las consecuencias económicas de un evento de este tipo, concluir que merece la pena las vidas que se salven por muy alto que sea el coste. La pérdida de cualquier vida es una tragedia, pero en esto como en tantas otras cosas hay que hacer caso a Bastiat cuando advertía sobre que en ocasiones los beneficios visibles ocultan unos costes mucho mayores que no son tan fácilmente observables.

Que México sea más pobre significa que tendrá peores hospitales y menos personal sanitario para atender a su población, peores transportes para que la gente pueda llegar a los centros de salud y que sus casas estarán menos protegidas frente a desastres naturales. En definitiva, costará vidas. Pero no serán muertes que podamos asociar a una causa tan clara como es un virus, de modo que se tenderá a ignorarlas. Pero no deberíamos. Una cosa es que se tomen precauciones ahora, cuando aún no se conoce el alcance de la crisis. Pero si se acabara confirmando que la enfermedad no se diferencia sustancialmente en gravedad y capacidad de contagio de la gripe común no deberíamos añadir más castigo del que ya ha supuesto esta epidemia.


 

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